viernes, 28 de agosto de 2015

JUAN CARLOS SPADAFORA, UNA CHARLA CON UN VERDADERO PROFESOR

P. Basterrechea, J. C. Spadafora y J. Stagnaro
Con la compañía de Javier Stagnaro me reuní con una persona que quería conocer hace tiempo, el veterano investigador Juan Carlos Spadafora (durante muchos años jefe de investigaciones de ONIFE, organización liderada por Fabio Zerpa). Imposible es resumir una charla de tres horas, con tantos datos, experiencias y conocimientos que Juan Carlos expuso con gracia y sencillez. Como no fue una entrevista formal, sino una conversación que navegó, sin orden alguno, por variados temas relacionados con la ovnilogía y otros misterios, destacaré algunos comentarios, informaciones y sobre todo lo más interesante a mi juicio: sus experiencias personales, realmente sorprendentes y casi desconocidas fuera de su entorno más íntimo.
Juan Carlos comenzó contándonos como conoció en la India al famoso swami Sai Baba, luego de varias peripecias, dignas de las novelas de Dan Brown y como este, hizo materializarse de la nada en el dedo de Juan Carlos, un anillo con el signo del Om, que aún conserva.
La primera pregunta obligada fue naturalmente, cómo se interesó por el fenómeno Ovni. A los 18 años, almorzando con su familia, un caluroso mediodía de verano del año 1955, en el barrio Santa Rita (Villa del Parque), su padre llama a toda su familia para que salgan a la vereda para ver un objeto en forma de platillo, exactamente igual al que en la literatura ufológia se considera "Adamskiano"("tenía un color plateado...se veía perfecto...se bambaleaba un poquitito, hasta que en un momento determinado se fue a una velocidad increíble y desapareció... todo el barrio lo vio"). Desde ese momento empezó a investigar a fondo...
 Luego de contarnos su paso por Capilla del Monte investigando la huella del cerro Pajarillo (1986) entrevistando a los testigos, se detuvo en su ultima experiencia, hacía nada más que un mes y medio, en la zona donde se encuentra la celebre - ufológicamente hablando- estancia La Aurora (Salto,Uruguay). Parando con un amigo en el hotel cercano Los Naranjos, al costado del río Daymán, una mañana bien temprano, Juan Carlos se despierta por los ladridos de un perro, se acerca al ventanal se su habitación y ve sobre el río un manto de niebla, de la cual se desprende otra masa de niebla en forma de nube que se desplaza hacia el medio del campo; de inmediato sale de ella un platillo invertido, pequeño (del tamaño aproximado de un plato para taza de café), plateado; se dirige hacia el perro que merodeaba por allí, el cual ladrándole furiosamente, trata de atraparlo. Del platillo sale un haz de luz que elevó al perro llevándoselo suspendido en el aire, Juan Carlos trata de avisarle a su compañero de habitación, pero en pocos segundos el objeto desaparece. Todo esto sucede a escasos quince metros del ventanal. Juan Carlos dice que podría haber abierto la ventana y pasar al balcón para acercarse más a su visión pero "en toda mi vida cuando investigué, dije que los que vienen de arriba son científicos, por ahí me llevan a mí y yo no quería que me lleven... siempre les dije a mis alumnos: nunca se pongan bajo la luz compacta y coherente..."

Juan Carlos Spadafora
Ante mi insistencia en lo que sucedía en la estancia, nos contó otros datos y experiencias que acumuló a través de los años de investigar en La Aurora. En una oportunidad estando en un bosque lindero con su hijo y dos personas más, vieron entrar un coche con seis personas, cinco hombres y una mujer, que se bajan y se posicionan en total silencio en un montecito frente a Juan Carlos y sus acompañantes, hasta que de otro bosque cercano aparece un "globo gigante", de color celeste, muy  brillante que de repente se estrella sobre las seis personas, luego se va hacia arriba y desaparece; las personas se abrazan y bajan del montecito, suben al coche y se marchan, eran cinco, faltaba una....
También Juan Carlos nos habló de una huella de un ser gigante que se encontró en ese bosque y que el molde de yeso lo conserva Fabio Zerpa; además, nos aseguró que (confirmando un antiguo rumor), enviados de la NASA y de Japón, estuvieron haciendo investigaciones en el lugar y que el conocido Ombú que apareció quemado, no fue por un rayo de tormenta sino por uno lanzado desde un Ovni.
 Otra anécdota que nos asombró es la siguiente: en una oportunidad habiéndose desbordado el río Salado, Juan Carlos y un compañero investigador hicieron una vigilia cerca de una de sus orillas. Por la madrugada, mientras estaban escuchando música dentro de un coche, pasan por un costado dos "Kappas" (seres de los cañaverales en la mitología oriental), totalmente negros, con una vara en sus manos, similares a un "hombre rana", con una especie de pico y una estatura de alrededor de dos metros, caminando entre las malezas, hasta meterse en el río...
 Un lugar donde Juan Carlos no podía dejar de ir a investigar es Victoria (Entre  Ríos), zona con gran casuística Ovni, sobre todo en los años '90. Cierta noche -nuevamente con su compañero investigador Arturo- tomando mate en un paraje de Victoria, sienten un ruido a movimiento de maleza, Juan Carlos prende su linterna hacia ese sector y ve alrededor de quince "hombrecitos", con cuerpos finitos y cabezas y ojos muy grandes, de color amarillentos, que caminaron muy ligeros hacia un árbol cercano a una casa abandonada... a pedido de su amigo, se fueron del lugar.
Javier Stagnaro y Juan Carlos Spadafora
 "Lo que ocurre con el fenómeno Ovni es lo siguiente: es un fenómeno que va más allá de nuestro entendimiento, de nuestra comprensión, de nuestra propia investigación, es decir nos supera; ¿el ser humano, en realidad, está preparado para tener conocimiento profundo de lo que es el fenómeno Ovni?... no está preparado porque yo puedo asegurar que hay gente que si llega a ver al lado suyo un aparato de estos, al otro día lo niegan, porque el temor supera a la realidad de pensar en forma coherente... las personas  prefieren negar.... es más fácil decir no creo que decir creo.
 Todo el que investiga tiene que tener fundamentos primordiales: la conciencia de saber que se está ante un fenómeno extraño que va mas allá de nuestro conocimiento científico y cotidiano; tenemos que enfrentarnos con algo extraño, y lo fundamental es tomarlo con calma, anotarlo, grabarlo, escuchar, escuchar mucho y llegar a las conclusiones que llegué yo: quedarme tranquilo, seguir investigando... Sigo investigando en silencio y se que son superiores a nosotros y no porque sean super inteligentes, sino porque están super adelantados, más allá de nuestra comprensión... manejan el factor tiempo de una forma brutal, extraordinaria y si no aparecen ante la gente es porque en realidad, (como me decía Pedro Romaniuk: 'a mi me toman por loco porque digo que hay miles de aparatos que andan por arriba de nosotros y no los vemos, pero están, con una vibración distinta a la nuestra'), nuestra inteligencia no está desarrollada para poder verlos... pero están. Si no estamos preparados, a lo mejor nos están haciendo un favor... Son viajeros del tiempo que vienen de otros lugares, con varias intenciones...
 Entre anécdotas y recuerdos "ufológicos", compartidos con Javier Stagnaro (investigadores, congresos, casos investigados e intimidades del "ambiente") se completó una charla memorable. 

J. C. Spadafora, J. Stagnaro y P. Basterrechea



lunes, 10 de agosto de 2015

BOCHICA, EL EXTRATERRESTRE PRECOLOMBINO

Artículo publicado en la revista Espacio y Tiempo (n° 19, Septiembre 1992) por Miguel Roberto Forero García

Bochica

El "caso Bochica" está registrado en Colombia con el insignificante rótulo de mito. Así aparece en los textos escolares de Historia y algunos indigenistas consideran su llegada a Suramérica como algo confuso e indemostrable. Hoy. sin embargo, tenemos informaciones menos imprecisas y documentos que acreditan su permanencia en tierras colombianas, y sabemos más de lo que pudieron saber al respecto los inmigrantes europeos llegados después del Descubrimiento. Frecuentemente, las actividades del enigmático viajero extraterrestre se confunden con el éxodo de los protopobladores continentales llegados de las regiones fluviales del Amazonas y del Orinoco. Es más, algunos autores, como el Padre Gumilla, conjeturan que pudo ser un retoño del tronco genealógico de los nautas del Arca, que en época post-diluviana arribó al Brasil después de un largo itinerario transpacífico. El asunto data de 1540, cuando un anciano cacique convertido a la fe cristiana confió a los capellanes
del licenciado fundador Jímenez de Quesada una noticia como para santiguarse: la visita de un hombre venido de las estrellas. A él se lo habían contado sus antepasados, que lo escucharon de otros más viejos y, éstos, de labios de quienes lo vieron llegar. Los aterrados frailes conocían desproporcionadas historias sobre razas con hombres de tres cabezas, el mohán de los ríos, comarcas donde brotaban el oro y las piedras preciosas... pero absurdos como éste, jamás.

EL ATERRIZAJE DE PASCA

El arribo de una inmensa nave interplanetaria - que no otra cosa pudo ser - sucedió durante la fiesta de Huan, después de recoger la cosecha del maíz, cuando la concurrencia era enorme en las abruptas serranías de Pasca, al oriente de Santa Fe de Bogotá.
Según la versión indígena, fue en septiembre de un año imprecisable, seis mil antes de hoy, cuando al ponerse el sol bajó de las nubes una "casita de luz", símil utilizado por los naturales del país para señalar el extraño aparato aterrizado ante la muchedumbre, que veía arder la hierba por efecto de un "fuego invisible", exento de humo y de llama, producido tal vez por el sistema de propulsión iónica del ovni.
De aquel aparato metálico, "del color de la plata batida", redondo y más grande que los bohíos, detenido a pocos centímetros del suelo, salió un hombre desconocido y tambaleante a quien desde entonces llamaron Bochica, "Supremo Dios de la Tierra y Patrono de los Caciques". Era de gran estatura, afable, pacífico y comunicativo quien, hablando en su misma lengua, prometió a los chibchas convivir con ellos y servirles por muchos zocames (años) hasta que se cumplieran veinte de treinta y siete lunas, o sea, un zocam-gueta, equivalente a 70 años de los nuestros, al cabo de los cuales se marcharía con el viento, como en efecto ocurrió. Claro está que los aterrados hombres de Dios no entendieron esto de la nave y del aterrizaje. En materia de vuelos su conocimiento no iba más allá del aleteo del cóndor planeando sobre su presa, o del milagroso viaje del profeta Elías en el vistoso carruaje de fuego ensamblado por el Señor para su ascenso a los cielos. Achacaron entonces el aterrizaje de Pasca a un abominable satanismo digno de combatirse con la bendición de capillas en cada uno de los parajes visitados por el exiliado celeste. Esta es la razón para que en muchos caminos rurales de Boyacá todavía existan estos puntos de oración a donde acuden los campesinos a espantar el diablo. Desde luego, en este caso, el celo de los eclesiásticos no causó tanto daño como el del arzobispo Diego de Landa, en México, con la destrucción de inapreciable literatura informativa de las culturas azteca y maya.

¿CÓMO ERA BOCHICA?

Los únicos documentos competentes para precisar su figura son los escritos por los misioneros españoles durante su estancia en el Nuevo Reino de Granada. Muchos de los valiosos elementos descriptivos de estos manuscritos se refrescan magistralmente en la producción histórico-literaria del Padre Pedro Simón, de Lucas Fernández de Piedrahita, del cura Aguado y de Juan de Castellanos, minuciosos cronistas del siglo XVI, para quienes no fue indiferente la misteriosa aparición de Bochica y su periplo por tierras del Nuevo Mundo. Estos materiales informativos, de primera mano, sirvieron para elaborar un identi-kit o retrato hablado, trabajo de historiadores, anatomistas y expertos en dibujo manual e imágenes electrónicas que prepararon el perfil aproximado de un hombre que vivió hace siglos. Del identi-kit no fue posible una copia. Quien conservaba el original falleció y su archivo fue a manos de personas refractarias a esta clase de retrospecciones, quienes lo destruyeron. Bochica, también conocido con los nombres de Nenqueteba, Sadigua o Chimizipagua, tendría sesenta años, a escala terrenal, cuando desembarcó en las serranías de Pasca. Su piel era blanca, limpia y sonrosada; amable el rostro cubierto por espesa barba. Los ojos grandes y expresivos, como de porcelana azul, y la cabellera, encanecida. Andaba lentamente con paso majestuoso y le vieron alzarse entre la multitud significando su condición superior. Probablemente este fenómeno de levitación individual se presentó al contrariar la "tiranía vertical" por efecto transitorio de la gravedad terrestre con respecto a la de su planeta natal, diferente de la nuestra.
A propósito de este visitante prehistórico escribía en 1854 don Ezequiel Uricoechea y Rodríguez, consumado americanista, cosas como éstas: ... no puedo terminar sin decir algo más respecto del personaje misterioso que en tiempos remotos les sirvió de legislador y al que veneraban como a un Dios. Llegó por el oriente sin que sepamos cómo. Traía una barba larga y cabellera atada atrás con una cinta y una túnica sin cuello. Se apareció una tarde al ocultarse el sol en lo alto de un arco iris. Convocó a la nación y les ofreció remedio a sus males, no suprimiendo los ríos que podían serles útiles, sino dándoles salida". ("Memoria sobre Antiguedades Neo-Granadinas")

LA PISADA DE CUÍTIVA

Su peso y estatura corpóreas se han calculado examinando la huella de su pie, dejada sobre una piedra arenisca en el viejo camino de Cuítiva, población del Departamento de Boyacá, cercana del Templo del Sol construido por su inspiración en el valle sagrado de Suamox (hoy Sogamoso). Esta prueba muda encaja perfectamente en el confuso rompecabezas prehistórico armado por especialistas en paleopatología y por los arqueólogos que han revisado la amplia zona de influencia del furtivo visitante. La huella no se ha sometido al carbono 14, pero su datación no ofrece mayor problema. Basta observar la fina capa de oxidación que la cubre para comprobar que el proceso de sericitación ha transformado lentamente los feldespatos de la loza por acción químico-mecánica de agentes ambientales, posible únicamente en piedras muy antiguas. Mide 28 centímetros de largo por 9,5 de ancho en la franja metatarsiana y corresponde al pie de un bípedo, de extraordinario desarrollo muscular-esquelético, que debió pesar 85 kilos y medir 1,90 metros, talla imposible en los chibchas, gentes pequeñas por lo general. Hasta ahora no se ha podido desconocer el valor de esta estela que acredita la presencia física y los parámetros anatómicos de alguien que no era de aquí.

 EL HOMBRE DE LA MANO AL PECHO

 En las inmediaciones del princial Observatorio Astronómico Precolombino de "El Infiernito", en Villa de Leyva, se desenterró la estatua de piedra de un hombre de gran corpulencia y apostura. Esta pieza, que hubiera aportado inestimable información, fue destruida por el martillo de fanáticos parceleros que, con el pretexto de limpiar la comarca de "perturbaciones demoníacas", la hicieron pedazos. Uno de éstos, muy expresivo por cierto, hoy en el Museo Arqueológico de Sogamoso, era parte de un cuerpo de casi dos metros de estatura y corresponde a la mano derecha, abierta y en tranquilo reposo, sobre el pecho o cerca del mentón, de quién posó para el anónimo escultor aborigen. Salvadas las distancias, recuerda al famoso cuadro de El Greco. La mano, de 25 x 15 centímetros, fue labrada con exquisito gusto y esmero en piedra arenisca, de grano fino, fácil de pulir y, a juzgar por la oxidación que la baña, especialmente notoria en las líneas de fractura, debió ser esculpida en época anterior a la conquista española, lunas después del aterrizaje de Pasea. Quienes conocieron la estatua consideran que el personaje en cuyo homenaje se erigió era de mucha valía, por la nobleza de la obra y el absoluto sentido de grandiosidad, que así lo demuestran. Por lo demás, el lugar donde se halló indica que el homenajeado acaso fue el gestor del imponente Observatorio, único en el país chibcha.

CUANDO EL CIELO DECÍA SÍ

El centro más importante del saber precolombino fue este Observatorio que no pudo haber sido construido por gente sin capacitación tecnológica, o sin información muy completa de la bóveda celeste. Al no existir en tierras chibchas peritos en estas materias, forzosamente quienes lo erigieron eran de procedencia externa. En opinión de los entendidos, el Observatorio chibcha es similar al de Stonehenge, en Inglaterra, y una inexplicable réplica del crónlech de Carnac, existente en la Bretaña Francesa, cuadrangular como el nuestro. Para construirlo los aborígenes debieron tener, sin duda, la asesoría de un hábil arquitecto y de artesanos previamente adiestrados en la organización de conjuntos megalíticos, infrecuentes en sus territorios. El de Leyva lo construyeron sobre un rectángulo de tierra arenosa de 34,30 x 11,60 metros y erigieron allí 112 columnas de piedra dispuestas en dos hileras, de tal manera que las separaciones entre cada columna van desde los 0,38 centímetros hasta los 6,50 metros.
Las alturas son variables. Se encuentran columnas de sección cilíndrica de 6,80, 3,40 y 2,75 metros. El rectángulo está orientado hacia los cuatro puntos cardinales: el eje longitudinal va de Este a Oeste y et transversal de Norte a Sur. Las columnas sirven como miras para observar el orto y el ocaso de-Sol y de la Luna, localizar los planetas por la posición celeste y. además, realizar complejas operaciones matemáticas conforme al miento de los astros sobre las lineas del triángulo y las diagonales del conjunto, convertido en el computador lítico más ingenioso y exacto del mundo arcaico. Los arqueólogos nacionales aún debaten su utilidad práctica: unos sostienen que sirvió para fijar la fecha de las consagraciones sacerdotales, la hora para celebrar rituales mágicos y el culto astral. Otros creen que a través de la asombrosa instalación se calculaban las temporadas de sequía o de intensas lluvias, determinantes de la siembra y recolección de las dos cosechas anuales de quimua (chenopodiun quimue), grano rico en aminoácidos consumido en gachas por los indios. La hipótesis más atrevida es la planteada por el escritor Erich Von Dániken, con quien en años pasados lo visité. Dániken opina que también habría sido utilizado para "determinar qué días se podía engendrar o se debía evitar la cópula". Es más, el investigador suizo llega incluso a formular esta pregunta: "¿Pasaron por allí los Ogino-Knaus del paleolítico divulgando la buena nueva de la esterilidad cíclica de la mujer?" Probablemente este recóndito y abrigado lugar indígena estuvo con-sagrado a la placentera y controlada siembra de la semilla humana, cuando el Cielo decía que sí. ¡Vaya usted a saber!... No está de más anotar que se halla en cercanías y apuntando hacia la tenebrosa laguna de Iguaque, cuna de la Humanidad a partir de Bachue, Eva precolombiana en la cosmogonía chibcha.

 ¿BOCHICA UTILIZÓ LA ENERGÍA NUCLEAR?

Es apenas una presunción libre, originada en un episodio que la historia no registra, o si de pronto lo hace es para ofrecerlo como algo obvio, olvidando que en el momento de producirse no era posible sin la eficiente participación de alguien familiarizado con el uso de un extraño aparato. Lo encubierto por los historiadores oficiales permite sospechar que Bochica precisó de una potente energía para realizar la proeza hidráulica, hoy irrepetible, que llevó a cabo, salvo que se utilice el poder destructor del átomo. Para los indios el agua significaba la alianza entre el Cielo y la Tierra, pero también la hambruna y el desastre de sus sementeras cuando las inundaciones cubrían sus tierras. Era el caso de la Sabana de Bogotá, inutilizable por estar convertida en un inmenso lago "desde tiempos muy atrasados", como escribía en 1624 Fray Pedro Simón en sus "Noticias Historiales del Nuevo Reino de Granada". Pero cuando el maestro Bochica supo de tal aflicción, ofreció solucionarla poniendo por testigo a Cuchavira (el arco iris) y lo cumplió desde las orillas de la gran inundación. Aquella vez, subido a una pequeña eminencia del terreno, extendiendo su brazo, "arrojó entonces la vara de oro que tenía en las manos, abriendo esta brecha suficiente en las rocas del Tequendama, por donde se precipitaron las aguas dejando enjuta la llanura y más fértil por el limo acumulado" (E. Uricoechea. "Memorias Neo Granadinas". 1854).
En presencia de Cuchavira prometió desecar la gran sabana de Bogotá. ¿Utilizó la energía nuclear para realizarlo?
En el sistema referencial de los indios la vara de oro es un buen símil: llama la atención hacia el objeto desconocido capaz de haber pulverizado las rocas que represaban las aguas y, al darles salida, formar el salto del Tequendama, con una caída de 145 metros, al sur de Bogotá. ¿Pero qué pensar del aparato utilizado para desalojarlas en tan breve maniobra? Pudo tratarse de un minireactor en el que por desintegración del plutonio o de otro elemento radiactivo - por ejemplo, el uranio 235 -, se obtuvo una fuente de energía muy poderosa, tan eficaz que en pocos segundos produjo el vaciamiento del lago. No de otra manera se explica esta asombrosa operación hidráulica que, si quisiéramos acometerla hoy día, demandaría una estrategia similar, costosa y de alto riesgo. Dicen que luego del fulgurante disparo del haz lumínico, escapado de la vara de oro manejada por Bochica, los acantilados se evaporaron. Las aguas de los pantanos hervían al soplo de un fuego abrasador y la luz del Sol se opacó con las cenizas y el polvo que esmerilaban el entorno. Los árboles perdieron sus hojas, abatidas por el torbellino salido de las entrañas del valle y, aun cuando era sua-mena (mediodía), apareció Za (la noche) cubriendo toda la Naturaleza. Las aves huyeron espantadas y los animales de los páramos, enloquecidos, no sabían qué dirección tomar. ¿No es éste el patético relato de una explosión atómica dirigida, como las realizadas en el desierto de Mojave o en el atolón de Mururoa?

LA TEORÍA DEL ÉXODO

En Colombia la historia oficial y, desde luego, quienes la escriben consideran a Bochica como un personaje extraño insertado en las sugestivas leyendas puestas a rodar en Amerindia por la imaginación popular. No le conceden categoría humana; pues sólo así la formidable y tecnificada civilización chibcha resultaría del impresionante talento creativo y del ingenio de los nativos, refractarios a cualquier tipo de intervención o de coloniaje cultural. Ni para qué hablar, entonces, de su origen extraterrestre. Menos aún del extravagante suceso de las Serranías de Pasca, que exacerba a los académicos. Ellos admiten al extraño Dios de las tribus andinas no como persona física y mental, sino como "un proceso sociológico de enseñanza artesanal y política, pero, además, de adoctrinamiento religioso". Esta teoría, que no carece de atractivo, la presenta el profesor Gabriel Camargo Pérez, miembro de la Academia Colombiana de Historia, calificado como el mayor especialista nacional en tradiciones del pueblo chibcha y autor de varios libros sobre este tema. Para él, Bochica "es un fascinante mito de la prehistoria colombiana que, sin duda, radica en la andadura de los primeros hombres que descubrieron y cruzaron las cuencas fluviales de la Amazonía y la Orinoquía de este país en un viaje admirable". Añade, además, que "el remoto origen de tan amañada imagen habría que buscarlo en las migraciones transmarítimas que sucesivamente arribaron algún día, en la época del proto-poblamiento continental, y luego aparecieron en el altiplano Cundiboyacense para estacionarse aquí durante siglos". Camargo Pérez, durante la entrevista que le hice en exclusiva para Espacio y Tiempo, apoyó su convicción en precisiones que abren espacio para cotejar el mito o la leyenda de Bochica a partir del supuesto de que no se trató de un hombre de carne y hueso. sino de un grupo más o menos numeroso de personas que "balseando" por la inmensa red fluvial surcolombiana llegaron hasta la sabana de Bogotá, en el centro oriental del país, hace 12.500 años. y. tras un lento nomadismo exploratorio. se radicaron en estas tierras. Por otra parte, agrega el profesor Camargo, "si gentes ilustradas crearon parábolas bíblicas, dioses del Olimpo, ciudadanos atlantes. alfombras mágicas y miles de fantasmagorías, debemos aceptar que quienes no habían recibido legados escritos, ni revelaciones evangélicas, envolvieron en mito el origen del Universo y de muchas cosas y personas. Por eso debemos recurrir, y estamos recurriendo, al prodigio de las ciencias modernas, y con la ayuda de Dios, para interpretar los secretos que ha escondido la historia en el arcano del tiempo y aproximarnos a la esquiva pero justa verdad de Bochica".

HEREDERO DE LA SABIDURÍA INTERIOR

El suceso humano de Bochica es, para el astrónomo, ingeniero y geógrafo Juan José Salas, director del Planetario de Bogotá y científico muy reputado en Colombia, un asunto muy serio del cual aún no se ha dicho todo. "Nos hemos contentado con candorosas reseñas de su peripecia y pare de contar". Considera Salas que "por carencia de pruebas, puesto que las encontradas hasta ahora son insuficientes, este personaje continúa, a la luz de la ciencia, bajo el irritante rótulo de mito. Pero, de acuerdo a las tradiciones religiosas de los aborígenes colombianos, es un auténtico personaje excepcional por sus conocimientos y su destreza en la realización de obras difíciles"... "No olvidemos que las religiones de los pueblos antiguos acogen dioses y personas bienhechoras que hacen tránsito en la historia local, se destacan por sus merecimientos y desaparecen luego. Esta es una constante universal aun en comunidades de bajo perfil cultural. Nuestro personaje desarrolla el magisterio de lo práctico y lo útil. Desde tejer mantas hasta desvelar el secreto mundo de los astros". Al preguntarle si Bochica pudo haber desecado la inmensa sabana de Bogotá y cómo lo hizo, Salas apuntó que "la varita mágica de oro da mucho que pensar. No se puede tomar como una alegoría sin fundamento, pues, además de manifestar un alarde de conocimientos superiores, evidencia la posibilidad de que fuera un experto en el manejo de las aguas y que con la construcción de canales, acequias y atarjeas las evacuó. Hoy podríamos hacerlo, pero en aquellos tiempos  debió ser empresa muy difícil. Pienso que en edades muy anteriores se crearon tecnologías gracias a los cocimientos heredados, por supuesto, de otra Humanidad que pobló la Tierra hace millones de siglos. Humanidad portentosa por su saber, desaparecida en circunstancias que son un secreto. Tal vez por la acción de catástrofes naturales, epidemias asoladoras o procesos degenerativos incontrolables. Esto pudo ser así, como también que nuestro Bochica sea el heredero de esa pro-.funda sabiduría perdida, como él, en la oscura franja del pasado".

ADIÓS MAESTRO

La aparente "defunción" de Bochica, el extraterrestre precolombino, desborda la realidad para penetrar en el campo de lo sobrenatural. Para los cronistas del siglo XVI fue lo más obvio y, por lo mismo, le dedicaron pocos renglones. Suficientes para redactar un fascinante capítulo de ciencia ficción. El Padre Simón, en sus "Noticias Historiales", da fe del acontecimiento luctuoso e incluso cae en la exageración. Calcula la permanencia terrestre de Bochica en cifra bimilenária, que sobrepasaría la existencia biológica de cualquier mortal, así fuera un longevo patriarca bíblico. Reseña, además, los últimos sunas (meses) de su vida social itinerante, por cierto muy activa, cuando visita a los caciques amigos, organiza "talleres" para enseñar la fabricación de telares y la tinturación y tejido de mantas, dejando, a manera de manual de instrucciones, un diseño mecánico pintado "en alguna piedra lisa y bruñida, por si se les olvidaba". En su manuscrito, el religioso lo hace "desaparecer" en el Valle Sagrado del templo solar como por arte de encantamiento. Y nuestro personaje hace mutis en el escenario del suceso. Para Fernández de Piedrahita el asunto merece más atención. Ocurre en el entorno geoantropológico al que alude la pluma de su colega, o sea, el Valle del Suamox, centro religioso justamente llamado "La Roma de los Chibchas". Su relato es más minucioso y explícito, al añadir elementos de juicio que lo mejoran notablemente: "hacer morir" a Bochica de muerte prosaica, para luego "catapultarlo" al Cielo "en el mesmo cuerpo, no en ánima".
Olvidó, por supuesto, contarnos quiénes se encargaron de poner en órbita al ilustre difunto y el "empaque" en que fue "remesado", datos que hubieran aclarado este inquietante enigma. De aquí en adelante persiste el misterio en torno al personaje más popular de las leyendas colombianas. De él se puede decir todo: que no fue terrestre, sino inmigrante de mundos ignotos; que es tan sólo un mito para decorar la prehistoria del Nuevo Mundo; que tampoco fue de carne y espíritu, sino la personificación de un pueblo buscando su espacio en la Historia Universal. 
Antonio M. Benitez, pintor primitivista, recidente en uno de los sitios frecuentados por Bochica, alegoriza así su presencia entre los Chibchas








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domingo, 19 de julio de 2015

DATOS POCO CONOCIDOS SOBRE LA CUEVA DE LOS TAYOS Y SU DESCUBRIDOR JUAN MORICZ. EXTRACTO DEL CAPITULO 5 DE AUSTERRIA: LOS TÚNELES DE AGHARTA EN AMÉRICA (JAVIER STAGNARO)

 Aclaración.
Para quienes hayan leído mi libro “Austerria: Los Túneles de Agharta en América”, encontrarán hacia el final del quinto capítulo- en la pág. 68-, donde se hace referencia de Juan Móricz, “el verdadero Indiana Jones”, el siguiente comentario: “Juan Antonio (Milia) y Mónica (Williams Aguirre) se casaron y se fueron a vivir a Ecuador”. “…Don Pedro Romaniuk (su padrino de bodas) quien a instancias de ellos, viajaría a Guayaquil a conocer en persona al mismísimo Juan Móricz y compartir, junto a ellos, encuentros y congresos ufológicos en aquel país y en el vecino Perú”.
En realidad Don Pedro Romaniuk ya había conocido a Juan Móricz en Buenos Aires (Capital Federal) cuando en la década del 60 se reunían en el Instituto de Biopsicosíntesis, fundado por los Prof. Dr. Juan A. Aleandri y César Castillo, ubicado en la calle Juncal 2061, 1er piso ·B” casi calle Junín, dependiente de la Universidad John Fitzgerald Kennedy. Allí, -recuerda la Lic. en Psicología Bettina Allen, quien oficiaba de Secretaria contando con aproximadamente 30 años de edad- participaban entre otros,  el espeleólogo Julio Goyén Aguado y el Ing. Sigurd Von Wurmb. Además-agrega Bettina Allen- que Móricz dio una serie de conferencias en la Universidad Kennedy, luego del descubrimiento de la afamada Cueva de los Tayos en la región de Morona-Santiago en las estribaciones de la Cordillera del Cóndor en Ecuador aproximadamente en 1964. Efectivamente, hay documentación periodística y de boca del propio Goyén Aguado de la presencia de Juan Móricz en Buenos Aires en 1967, realizando entrevistas con miembros de la cúpula militar Argentina cuando se desempeñaba como Presidente de facto el Gral. Juan Carlos Onganía, buscando apoyo para una futura Expedición a las cavidades donde se hallaría oculto el fabuloso Tesoro denunciado por el explorador Húngaro-Argentino.
Javier E. Stagnaro, Buenos Aires, 07/07/2015.



...Cuando Moricz regresó a la Argentina en 1977 con la idea de conseguir apoyo para una
expedición y contactarse con amigos, fue que tuve la oportunidad única de hablar con él. Fue
por intermedio de mi amigo Juan Antonio, quien también había regresado al país. Supe que
Moricz se hospedaba en un pequeño hotel de la Avenida de Mayo al 600, muy próximo a la
oficina del Centro Argentino de Espeleología.
En aquel entonces Juan Moricz, estaba preocupado por su vida, dado el nivel de información al
que había tenido acceso tras el descubrimiento realizado en una de las cuevas o cavernas de
los Tayos, en la región de Morona, Santiago, en el oriente del Ecuador.
He podido cotejar documentos, donde en 1967 se le solicitaba al entonces Presidente de la
Nación Argentina, General Juan Carlos Onganía, el apoyo necesario para la creación de una
entidad socio-cultural que facilite los trabajos de investigación del eminente antropólogo y
permita llevar a buen término una expedición a la zona cordillerana del hermano país de
Ecuador -según una carta redactada por Goyén Aguado-.
En la región de los ríos Morona y Santiago, Juan Moricz ha descubierto una red de túneles y
cavernas que contienen "Objetos valiosos de gran valor cultural e histórico para la humanidad,
que consisten en láminas de metal, que elaboradas por el hombre, contienen la relación
histórica de toda una civilización perdida de la cual el género humano no tiene memoria ni
indicio todavía. Tales objetos se encuentran agrupados dentro de varias y distintas cuevas,
siendo de diversas clases en cada una de ellas". "He realizado -dice Moricz- el descubrimiento
de manera enteramente fortuita en circunstancia en que, en mi calidad de científico,
investigaba aspectos folklóricos, etnológicos y lingüísticos de tribus ecuatorianas. Los objetos
por mí descubiertos tienen las características siguientes, las cuales he podido constatar
personalmente:
- Objetos de piedra y metal en distintos tamaños, formas y colores.
- Láminas de metal grabadas con signos y escritura ideográfica, verdadera biblioteca metálica
que contiene la relación cronológica de la historia de la humanidad, el origen del hombre sobre
la Tierra y los conocimientos científicos de una civilización extinguida".
Este texto, un fragmento de la denuncia notarial realizada por Juan Moricz ante el escribano Dr.
Gustavo Falconi, de Guayaquil, contiene en síntesis, las palabras que él mismo utilizara en la
conversación que mantuvimos, agregando que dada la trascendencia de la información allí
contenida, no podía brindarla parcialmente a través de un medio de comunicación local, sino
que debía realizarlo a escala mundial.
A tal fin necesitaba reunir fondos y apoyo logístico de una nación neutral para la adquisición de
un satélite de comunicaciones para realizar el anuncio de su hallazgo en "vivo y en directo" a
todo el planeta. Para ello estaba considerando la posibilidad de un acuerdo con un país árabe,
o bien contar con el dinero necesario que en algún momento podría obtener de la explotación
de los yacimientos auríferos y de esmeraldas que había descubierto en sus exploraciones.
Moricz, llegó a ser concesionario de casi noventa empresas mineras en El Ecuador, siendo
potencialmente una de las fortunas más importantes del mundo. Por esto y por lo que sabía,
temía por su vida, si dejaba traslucir algún dato de importancia a un medio no adecuado o
fácilmente interceptado y censurado.
Como si fuera parte de un guión de la serie "Los Expedientes X", creada por Chris Carter, la
vida de Juan Moricz está plagada de un sinfín de interrogantes y de detalles que lo convirtieron
en un personaje casi de ficción. De hecho, incluso se han escrito ensayos y novelas inspiradas
en su fantástica vida, de las que más adelante haré mención. Años después de ese reportaje o
entrevista, me enteré por Goyén Aguado que Moricz se había registrado en varios hoteles al
mismo tiempo, en aquel año de 1977, hospedándose en el más modesto de todos, no por falta
de fondos, sino para despistar su ubicación, ya que había sido víctima de intento de secuestro
en varias ocasiones.
El infatigable viajero e investigador Andreas Faber-Kaiser, autor de interesantísimas obras en
las que vuelca sus inquietudes y descubrimientos en busca de lo trascendente, que tuvo el
coraje de adentrarse en la selva del oriente ecuatoriano, y que contactó a Juan Moricz ense había traído del interior de las cuevas? Moricz le contestó: "No pasaría nada. Entonces no
habré sido yo el elegido para dar este mensaje".
Juan Moricz y Andreas Faber- Kaiser
La mañana del domingo 31 de marzo de 1991, en la sección "Notas del Amanecer" redactada
por la periodista Cora Cané, en la contratapa del diario "Clarín" (Clarín Porteño, de Buenos
Aires), daba cuenta de una singular noticia:
"...Las cuevas de los Tayos, punto neurálgico en el conflicto entre Perú y Ecuador, fueron
descubiertas por el húngaro naturalizado argentino y hombre de brillante personalidad, Juan
Moricz. El 21 de julio de 1969 declaró, en escritura pública... (lo que ya se ha relatado
anteriormente)". "Según él, estuvieron habitadas por el pueblo de los Belas, hace 250.000
años. Los Tayos son aves nocturnas, del tamaño del halcón, que viven en esas cuevas y
habrían sido sagradas para remotas religiones... Con su muerte, Juan Moricz se llevó los
secretos de los mundos subterráneos que él afirmaba haber descubierto. Los Andes guardan,
en toda su extensión, cuevas sin fin".
Repentinamente y casi de forma velada, se daba cuenta de la muerte de tan notorio personaje,
Faber-Kaiser quien también moriría en extrañas circunstancias, había agregado algunos datos
respecto de su desaparición diciendo que: "Janos Moricz murió a consecuencia de un infarto de
miocardio el 27 de febrero de 1991 en la habitación de un hotel en Guayaquil". Nada más.
Intentos posteriores de Goyén Aguado y de otras personas que lo conocieron y lo trataron, no
pudieron saber muchos más detalles de lo ocurrido, planteándose dudas e interrogantes sobre
la verdad de dicha información, o el real motivo del deceso de Juan Moricz.
Pero volvamos unos cuantos años más atrás y veamos cuales fueron los pormenores de su
azarosa vida, entre el mito y la realidad que hicieron de Moricz, alguien digno de ser
contemplado en su verdadera dimensión.
Revistas y periódicos de diversos países trataron la personalidad de éste investigador en 1969:
"Gracias a la escritura y al idioma he podido comprobar que los súmeros, y muy posteriormente
los hunos y los magyares, tienen un origen en América y que realizaban frecuentes viajes entre
este continente y Asia valiéndose de las corrientes ecuatoriales del Pacífico" -decía Moricz en
un reportaje al Diario La Nación-. Sonriendo, con voz muy baja y un tono de disculpa, Juan
Moricz desgrana su explosiva teoría, agregando que, según él, la cuna de la civilización está en
las más altas cumbres de Ecuador. Es así como no somos un nuevo mundo, sino el más viejo
de todos. Y para apoyar sus palabras saca un pequeño sello de su bolsillo, explicando que se
trata de una pieza precolombina, que sin embargo ostenta una escritura idéntica al antiguo
magyar. Hace ver textos y antiguos documentos, pero a pesar de las demostraciones y del tono
serio y desapasionado, en el rostro de alguno de los que escuchan se dibuja la incredulidad,
que Moricz aplasta con un desafío:
-"Ese idioma, el antiguo magyar, todavía lo hablan los indios Cayapas en la selva occidental del
Ecuador, dentro del territorio delimitado por los Ríos Santiago, Cayapas y Onzole. Además de
las tribus que habitan las estribaciones de la Cordillera Oriental y el Amazonas, existen
pequeños grupos que aún mantienen esa lengua ancestral y sus milenarias tradiciones. Yo he
estado con ellos, y pude conversar en magyar, sin necesidad de intérprete".
Los invito a que me acompañen: Moricz, nacido en Hungría, pero naturalizado argentino,
"ahora se siente americano por partida doble".
Sonriendo casi irónicamente lanza la piedra de su teoría a los oyentes, y luego se divierte
viendo cómo los agitan ondas de sorpresa. Luego retrocede. "Yo prefiero exponer los hechos, y
no elaborar teorías. Sólo soy un investigador".
En apoyo de su teoría revolucionaria, Moricz desparrama sobre la mesa cientos de carillas
cuidadosamente escritas a máquina: "Aquí hay 10.000 topónimos del antiguo reino de Quito,
todos ellos similares a nombres geográficos y apellidos existentes hoy en la cuenca de los
Cárpatos".
El rostro de Moricz se endurece y toma cariz enigmático mientras juega con un collar de
torteros o cuentas precolombinas.
Lo curioso es que el hecho de que los magyares provenían de América fue conocido siempre
por España y los Hasburgos. De allí la germanización de Hungría y la imposición del quechua
en América, para anular el "chimú", o magyar, el idioma secreto de los Incas, de la que sólo se
salvaron los pueblos de la selva.
Moricz realizó su estudio comparativo de las lenguas precolombinas del Reino de Quito y del
norte del Perú, el cañari-puruba y purucha-mochica, con el magyar de 1965, basándose en un
trabajo de J. Jijón y Caamaño. De allí surge que en la cuenca de los Cárpatos se repiten casi
todos los nombres del antiguo Reino de Quito: Ur, Urko, Maras, y miles de otros. La relación
entre los pueblos del reino de Quito y los pueblos de Asia era frecuente. De acuerdo con las
corrientes del Océano Pacífico, el puerto de salida para los viajes era Tumbes y sus regiones
aledañas. El regreso tenía lugar en la bahía de Caráquez, adonde nos trae otra extensa
corriente. Esto lo podrán comprobar mis amigos que salieron recientemente en balsas desde
Guayaquil (conviene aclarar aquí, dado que la nota no lo dice, que se refiere al famoso
navegante español Vital Alsar -ver “bibliografía”) quien realizara varias travesías transoceánicas.
La primera de ellas en 1966, que concluyó al borde de la tragedia, fue a bordo de “La
Pacífica”, donde contó con la participación del experimentado marino francés Marc Modenna.
En 1970, a los 33 años de edad, realizó la segunda expedición con “La Balsa”, donde fue
acompañado por el canadiense Norman Tetrault (23), el chileno Gabriel Salas (23) y
nuevamente, el francés Marc Modenna (44) cuyo destino final era Australia, llegando triunfalmente
a Sydney en el mes de noviembre de ese año, hazaña que repetiría en 1973. En 1976
se propuso realizar otra, junto a un grupo de veinte compañeros, con la idea de seguir la ruta
de Orellana. Saliendo de Guayaquil, remontar a Quito y bajar por el Río Coca, hasta el
Amazonas, para una vez alcanzada su desembocadura en el Atlántico, atravesarlo, hasta llegar
a la ciudad de Santander en España.
Muchos años después (12 de julio de 1984) lo haría el argentino Alfredo Barragán y la
tripulación, con una edad promedio de 36 años, completada por Jorge Iriberri, Horacio
Giaccaglia, Daniel Sánchez Magariños y Félix Arrieta, impulsó su balsa "Atlantis" por el Océano
Atlántico desde las Islas Canarias hasta el puerto de La Guaira en Colombia. Ambos (Alsar y
Barragán) contaron con la ayuda de Moricz para realizar los trámites y conseguir la madera
balsa en Ecuador, según me relataran, el espeleólogo Julio Goyén Aguado y el arquitecto
Carlos María Zavalla.
Habiéndose cumplido el 25º Aniversario de la Expedición Atlantis, será creado en la ciudad de
Dolores (Pcia. de Buenos Aires), el Museo de la Aventura, donde podrá ser apreciada la balsa
y los elementos de dicha expedición.
Y agrega Moricz -volviendo a la nota de La Nación-: "Quito se llamó antiguamente Kitus, que se
descompone en Kit (dos) y Us (progenitores), en magyar, hoy su nombre es Ketos, que tiene la
misma significación.
Era éste el antiguo reino de Gog y Magog, tan buscado desde hace siglos por los
investigadores".
"Voy a ser muy combatido, lo sé, porque con estos descubrimientos muchas teorías quedan sin
valor, pero la ascendencia quiteña de los antiguos magyares surge hasta en su indumentaria
folklórica y sus costumbres. Por ejemplo, cuando en Hungría se entierra a un héroe, siempre se
dice "va a reposar en la Constelación de la Osa Mayor", y precisamente en los valles Quinche y
Cochasqui existen grupos de monumentos funerarios que son fieles reproducciones de la Osa
Mayor".
Prudente, Juan Moricz prefiere esperar un tiempo antes de publicar su libro, y ha decidido
volver a Ecuador, donde reanudará sus investigaciones arqueológicas, preferentemente en
cierta cueva oculta en la selva y protegida por una tribu guerrera que, atendiendo a sus
palabras, oculta una verdadera biblioteca compuesta de láminas de oro que revelará algún día
al hombre americano su condición de "padre de las razas".
Y las noticias no se hicieron esperar, el 17 de octubre de 1969, el diario Clarín, en una nota de
la señora Cora Cané -que casi podríamos denominar su biógrafa- daba cuenta de "La
Expedición Moricz 1969": "Triunfo sensacional de un argentino".
Titulares más cargados de entusiasmo que de sensacionalismo pregonaban: "América abre sus
puertas a un mundo subterráneo".
"La América misteriosa, guardadora del paisaje agresivo, de la superstición y del encantamiento;
la América de las razas bravías que con su perfil de cordillera mira de frente al cielo;
esta América descubierta, explorada, discutida, revela hoy -a la historia y al futuro- un nuevo
secreto oculto durante milenios en lo más profundo de las entrañas. Un mundo subterráneo,
que ya mencionara la mitología egipcia y griega, donde aún quedan vestigios de la creación del
hombre y de su paso por un tiempo que hasta hoy permaneció inexplorado".
Sensacional descubrimiento (los túneles andinos)
"El doctor Juan Moricz, investigador y explorador argentino de brillante trayectoria, acaba de
regresar de Guayaquil luego de presidir una de las más sensacionales expediciones "de los
últimos siglos". La Moricz 1969, que lo llevó al corazón del oriente ecuatoriano, en plena selva,
donde tiene su dominio la temida tribu de los jíbaros (Shuaras). Recorrió la zona, donde la
vegetación alcanza un desarrollo fascinante, hasta llegar a la Cueva de los Tayos (nombre éste
de un ave nocturna), cuyas profundidades varían entre uno y tres kilómetros. Descendieron
hasta los 80 metros hallando en el fondo una avenida de 60 metros de ancho aproximadamente
por unos 500 de longitud y 120 de altitud con respecto al "cielo raso" o montañas de la
superficie. Moricz estimó en unos 500 milenios su antigüedad, afirmando que "existen otros
pasadizos y corredores simétricos que van hacia otras avenidas de las cuales unos están más
abajo y otros más arriba de la avenida central; todos, trabajados con piedra laja natural,
acondicionada por el hombre. No hay dudas que constituyeron refugios humanos que ya
mencionó la mitología, pero perdida a través del tiempo y de la historia".
Este revolucionario descubrimiento cubre la primera parte de la expedición cuya próxima etapa
llevará a Moricz y a su grupo a verificar la existencia de los "Taltosok Barlangia": Taltos es
nombre genérico de seres superiores conocidos en tiempos remotos y Barlangia significa
"cuevas", en idioma magyar (en el año 1994, la novelista de ascendencia escocesa Anne
O´Brien Rice -Anne Rice- famosa por su "Entrevista con un vampiro", luego llevada como guión
del film homónimo, interpretado por los actores Brad Pitt y Tom Cruise, completa la saga de "La
hora embrujada" y "Lasher", con "El último de los Taltos" -los sobrevivientes de la raza míticapersonajes
que la autora define de la siguiente manera: "Taltos, familia de seres brillantes,
únicos y/o perturbados que desde hace siglos usan tanto la ciencia como la magia para
alcanzar la grandeza y poder sobrevivir).
Es interesante recordar que Moricz emparenta a los "Tayos", etimológicamente con los
"Taltos", en cuanto -como veremos más adelante- que ambos hacen referencia o están
conectados con la idea de "Seres Superiores".
Sostiene Moricz que razas no registradas en la historia de la humanidad y que vivieron en las
profundidades del suelo americano en la noche de los tiempos, han dejado su rastro en estas
cuevas que la cordillera oculta en lo más profundo de sus entrañas.
En la próxima expedición, deberán sortear toda suerte de peligros y riesgos, proponiéndose
descender a varios cientos de metros de profundidad. Durante semanas habrán de vivir en el
más absoluto silencio y oscuridad -sin otra luz que la de las linternas- desentrañando paso a
paso la red de laberintos que enlazan avenidas, pasillos y grandes estancias donde alguna vez
hombres de razas superiores, ya extinguidas, dieron forma a una cultura y a un sistema de
vida desconocidos. De lo que puedan descubrir surgirán elementos decisivos para aclarar
algunos de los misterios que encierra el origen de la vida humana en América.
El verdadero Indiana Jones
"La expedición que preside el argentino Juan Moricz está integrada por un numeroso grupo de
expertos, quienes cumplieron un complicado itinerario para llegar a destino: salieron desde
Guayaquil a Cuenca en automóvil y camión, desde Limón, a lomo de mula hasta El Pescado,
Tres Copales, La Esperanza y la Unión; continuó en canoa hasta la Puntilla, en el río Santiago
y su enlace con el Río Coangos; siguieron a pie hasta la jibaría de Jukma, dominio del "brujo de
la jibaría del Coangos" y continuaron hasta el lugar donde se radicó el campamento, en la
jibaría perteneciente a Guajaro.
Una sola mujer la integra: Lilian Icaza, guayaquileña, que residió en Buenos Aires durante más
de 20 años, regresando hace poco más de un año a su país. Con el coraje y la inteligencia
propios de la mujer americana, acompañó al grupo compartiendo con los hombres los
innumerables peligros que en todo momento amenazaron la vida de los expedicionarios. La
culminación de los trabajos realizados tuvo un carácter profundamente emotivo que nos llega
muy de cerca de los Argentinos: el 10 de agosto pasado (1969) fecha patria del Ecuador, los
expedicionarios celebraron en plena selva el acontecimiento, acompañados por un grupo de
jíbaros. Allí, en el misterioso mundo que todavía habla el lenguaje virgen de América, Moricz
izó la bandera de Ecuador y la de la Argentina".
Así concluía la nota de Cora Cané, esperando el próximo capítulo de una aventura, que inspiraría
con éxitos multimillonarios a varios autores, guionistas, productores y directores de
novelas y películas. Se ha asegurado que el personaje del profesor y arqueólogo "Indiana
Jones", interpretado por el actor estadounidense Harrison Ford, en el film de Steven Spielberg
"Los Cazadores del Arca Perdida": (”Raiders of Lost Ark”), (basada en un argumento de George
Lucas (director y guionista de “Star Wars” -La Guerra de las Galaxias- y Philip Kaufman,
novelada posteriormente por Campbell Black, en una adaptación de un guión de Lawrence
Kasdan), se había inspirado en la figura del eminente doctor Vendyll Jones, quien hace algunos
años estaba realizando excavaciones en "Las Cuevas de la Columna y las Especias", en la
polémica región de Qumran, dónde se hallaron en 1948 los famosos "Rollos del Mar Muerto",
en la cual esperaba encontrar indicios de la tan mentada "Arca de la Alianza". Sin embargo se
dijo lo mismo de otro aventurero, el explorador Gene Savoy, que realizó expediciones en el
Perú descubriendo decenas de nuevas ciudades y necrópolis incas y pre-incas, constituyendo
uno de sus mayores logros la ubicación de la verdadera y mítica ciudad de Vilcabamba, la
misma que buscaba Hiram Bingham cuando en 1911 partió con el patrocinio del Departamento
de Arqueología de la Universidad de Yale, en EE UU, y no muy lejos de Cuzco; el día 24 de
julio, después de una complicada escalada, llegó a Vilcabamba, situada en un angosto cerro
bajo el pico conocido como Machu Pichu, sin saber aún que ese era el lugar que buscaba.
Bingham recién publicaría en 1930 "Machupichu", la obra que daba cuenta del descubrimiento
que lo haría famoso mundialmente, como uno de los arqueólogos más importantes de la
historia moderna. Gene Savoy por su lado, llevaría las cosas por terrenos más polémicos, ya
que su tendencia mística lo emparentaba con quizá "El Explorador" por antonomasia, el célebre
coronel británico Percy Harrison Fawcett, quien creía en la existencia de una mítica ciudad que
denominó crípticamente como "Z", y que consideraba una colonia de la "Atlántida", o, como
pensaba Savoy, de los restos de la perdida "Lemuria" o continente de "Mu".
Es decir modelos no faltan para inspirar el personaje de "Indiana Jones", pero aquellos que
hayan visto el film "Los Cazadores del Arca Perdida" (o "En Busca del Arca Perdida") o leído la
novela (Ed. Planeta-1981), recordarán que el primer capítulo se desarrolla en "Sudamérica, año
1936", donde el Dr. Jones en compañía de dos peruanos apellidados "Barranca y Satipo" y
cinco indios quechuas, se adentraban en la selva Amazónica en busca del templo de los
guerreros "Chachapoyan", donde el Dr. Jones esperaba encontrar un valioso ídolo de oro.
He aquí un dato curioso, ya que la ficción del relato, nos conecta con un verdadero misterio
arqueológico y antropológico, "El enigma de los Chachapoyas y la ciudad de Kuélap", o bien
"Los indios blancos". Antonio Cerdán titula así una nota para la revista española "Mas allá de la
ciencia", en la cual podemos leer:
El aventurero “Indiana Jones”, interpretado por Harrison Ford.


"Un aura de misterio sigue rodeando a esta cultura desconocida que pobló las tierras del
sudeste de los Bracamores, en la margen derecha del río Marañon. Su centro fue el valle de
Uctubamba, término que significa "territorio de agujeros o cuevas". Sus vestigios-templos,
palacios y fortalezas siguen en pié resistiendo el clima y la maraña de vegetación que los
cubre. Un ecosistema tan abrupto que alguno de sus enclaves, como Chipurik, son casi inaccesibles,
aunque no tanto como para ocultar unas extrañas botijas de barro con forma humana
que no son más que nichos en los cuales descansaban los restos mortales de los jefes".
Pues bien, Cerdán nos cuenta que estos utilizaron nada menos que 25 millones de metros
cúbicos de bloques de granito rosado para construir su centro cultural y religioso, la ciudad de
Kuélap, pero que el enigma de los Chachapoyas residía en su origen étnico. Según el profesor
Kaufmann Doig, de Perú, su nombre puede derivar de la cultura Aymará selvática de los
Sachapcollas, sin embargo el problema surge en que los Aymará son de raza mongoloide,
mientras que los Chachapoyas son de piel blanca. Algunos antropólogos han emparentado a
los Chachapoyas con migraciones traspacíficas de Australoides procedentes de Oceanía, como
en el caso de Paul Rivet, solutrenses ibéricos que lo hicieron en balsas hace 18.000 años o
vikingos, como afirmaba el investigador radicado en la Argentina Jacques de Mahieu. Es decir
de alguna manera, la relación de estos aborígenes con los pueblos europeos y asiáticos,
podría aproximarse a las teorías de Juan Moricz.
Pero volviendo a las aventuras de "Indiana Jones" en las selvas de Sudamérica, una vez
descubierto el Templo de los "Chachapoyan" al cual ingresa en compañía del codicioso
peruano Barranca, son sorprendidos en su trayecto, dentro de las oscuras galerías, por
mortales guardianes que silenciosamente reptan por sus espaldas: enormes y negras
tarántulas, arañas del tamaño de un plato de postre.
Es evidente que el personaje del Dr. Jones está inspirado no sólo en el explorador Juan Moricz,
sino en los relatos que tanto él como Goyén Aguado, hicieron a la prensa, precisamente en el
detalle de la descripción de las arañas gigantescas que se refugian junto a otros tantos
animales salvajes en la oscuridad de la caverna de Los Tayos, viviendo en una temperatura
constante de 20 grados y respirando aire puro.
En una de las entradas o galerías laterales -recuerda Goyén Aguado, en una charla que
mantuvimos en el CAE, estando presente el fotógrafo Miguel Doura- se hallaron frente a una
boca de acceso en forma de ranura sobre un alerón o saliente, algo así como un portal, el cual
se hallaba plagado de arañas de todos los tamaños imaginables.
En un intento por hallar otra forma de ingresar a dicha cavidad, Goyén Aguado, encontró a
nivel del suelo, una boca que dejaba pasar ajustadamente el cuerpo, teniendo que arrastrarse
por varios metros. Moricz llevaba la delantera, y en su camino iban espantando con las manos
gran cantidad de ejemplares de enormes arañas, que tal vez atontadas por la luz de las
linternas, no llegaron a atacarlos o provocarles algún daño. Los metros de aquel corredor, que
podían contarse en una veintena, parecían interminables por la impresión causada por la
presencia de los arácnidos y el sentimiento de opresión en sus cuerpos. Finalmente llegaron a
una sala de gran capacidad, donde Julio Goyén Aguado pudo observar, igual que Moricz, que
de algún lugar se filtraba luz solar.
Asomándose Goyén Aguado por la abertura donde se filtraba la luz, pudo ver que daba al
exterior de la caverna y que algunos metros mas abajo, corría el Río Yaupi, lo cual le indujo a
concluir que de haber sabido podrían haber ingresado por allí, y haberse ahorrado tantas
penurias. Una vez dentro de aquella sala, pudieron observar algunos agujeros o simas
circulares en el piso de la misma, a los cuales los aborígenes Shuaras o Jíbaros, les tenían
gran respeto o temor, no queriendo acercarse a los mismos por nada del mundo
Archivo Javier Stagnaro
.
Goyén Aguado, picado por la curiosidad, se acercó para observar en su interior y ver la
posibilidad de ingresar a uno de ellos; aún sin pisar aparentemente nada, ni haber tocado en
ningún lado algo, de pronto desde la parte superior de la cavidad, cayeron dos gruesas cañas
tacuara con sus extremos cortados en punta de lanza. Una que cambió su ángulo de caída,
golpeó transversalmente la espalda de Goyén Aguado, sin provocarle heridas de importancia -
por suerte-, la otra en cambio se clavó al lado de uno de los pies de Juan Moricz, como clara
advertencia que estaban pisando un lugar prohibido.
Antes de regresar, con asombro Moricz y Goyén Aguado, tuvieron que dar paso a una
caravana de gigantescas arañas, que se dirigían hacia el interior de la caverna, como si de una
columna de soldados en marcha hacia un objetivo desconocido se tratara, siendo tal vez parte
de un sistema de protección natural de aquellos tesoros, que se ocultan bajo la tierra.
Escena ésta que se repite en la segunda película de "Indiana Jones y el Templo de la
Perdición", o bien en el capítulo 6 de la novela homónima, donde ingresando al "Templo de la
Muerte", atraviesan un pasadizo oculto, detrás de las paredes de la habitación del palacio, el
cual está infestado de insectos de toda clase, propio de las cavernas o regiones húmedas,
como en la zona donde se desarrolla la acción.
Es decir, que tratándose de un explorador contemporáneo, Juan Moricz bien pudo ser el
modelo a elegir, teniendo en cuenta además otros pormenores que veremos más adelante y
que casualmente, son elementos vitales en el guión de las hasta ahora, cuatro películas de
"Indiana Jones".
Sin duda, la personalidad del Señor Juan Moricz plantea muchos interrogantes ya que los datos
que se poseen son escasos o deliberadamente insertos dentro de especulativas teorías sobre
su origen; datos que él mismo ha brindado a la prensa, o entre sus amistades y conocidos.
Así entre la comunidad húngara residente en Argentina, pocos o casi ninguno daba crédito a
los dichos de Moricz, siendo considerado poco menos que un estafador, término que era
asociado libremente por su condición de aventurero, apodo que relegaba de plano cualquiera
de las disciplinas, ciencias o estudios que éste hubiera cursado. Es decir, que se ponía en tela
de juicio su calidad de científico o su titularidad en cualquiera de los campos de la ciencia, en
los que Moricz se decía versado.
En un reportaje cedido al periodista Alberto Borges en la revista "Vistazo" número 231, de
Guayaquil, Ecuador, en agosto de 1976, se dice que Juan Moricz: "...inicia su búsqueda del
mundo perdido en 1950, registrando (cavernas de) los Tayos, en Argentina, Bolivia y Perú, y
finalmente, los detecta en las estribaciones de la Sierra del Cóndor, en Ecuador".
Goyén Aguado por su parte aseguraba que lo había conocido en Buenos Aires en 1958,
cuando trabajaba de Despachante de Aduana en el estudio del Doctor Mujica; para ese
entonces, dado que Moricz había nacido el 20 de febrero de 1923, éste contaba con 36 años
de edad, y Julio Goyén Aguado, nacido en 1941, con apenas 17 años de edad.
Para 1964, Moricz ya se encuentra residiendo en Ecuador, es posible que como él aseguraba,
el azar lo ubicara en el curso del Río Coangos, el cual lo condujo a lo profundo del Amazonas,
encontrando allí a la primitiva tribu de los Shuaras, en 1965 o tal vez anteriormente. Nada
puede asegurarse. Lo cierto es que, según su relato, ha contactado con el cacique Nayambí y
el brujo Juckma, quienes le indicaron la existencia de las cuevas donde moraría el ave que
figuraba en el escudo familiar de Moricz, el Talto o Tayo, que tanto había buscado. Los
Shuaras o Jíbaros, habían agregado a Moricz el siguiente comentario: "...que ya era tiempo de
que un hombre blanco conociera la realidad del mundo subterráneo".
Conmocionado por esta singular confesión, Moricz regresó en 1966 a Argentina en busca de
apoyo, poniéndose en contacto con el capitán de navío Enrique Green Urien, con el coronel
Carlos María Zavalla, profesor de la Universidad Argentina de Ciencias Sociales y finalmente
con Julio Goyén Aguado, que aún no había fundado el CAE, como dice la nota de Rogelio Fojo,
de quien he tomado estos párrafos.
Antes de continuar cronológicamente con las actividades de Moricz, repararemos en otro dato
que el periodista Alberto Borges ha revelado en su reportaje, el cual dice textualmente:
"Juan Moricz (54) nacido en Hungría, ciudadano argentino... es sin duda alguna un hombre
fuera de serie. Se cree que durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de un misterioso
grupo germano-húngaro dedicado a descifrar fenómenos paranormales. Luego aparece en
Argentina como espeleólogo y explora infinidad de cavernas desde Jujuy hasta Tierra del
Fuego, mas tarde se lo ve en Bolivia y Perú realizando estudios de Geología".


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jueves, 2 de julio de 2015

MENSAJES DEL PASADO por ERICH VON DANIKEN

 Compartimos un artículo del célebre escritor Erich Von Daniken, publicado originalmente en la revista española Más Allá de la ciencia (n° 25, Marzo de 1991).

¿Puede haber vida inteligente en una tumba megalítica? Esta es la pregunta que se hace Erich Von Dániken en el presente reportaje. En él nos descubre la existencia de la isla de Gavrinis, envuelta en un misterio apasionante capaz de desafiar a todas las leyes, incluso las matemáticas.

 En el golfo de Morbihan, en la Bretaña francesa, cerca de Carnac y sus milenarios menhires, hay dos pequeñas islas: Gavrinis y Erlannic. En la segunda, Erlannic, hay un círculo de piedra idéntico a un óvalo negro de 58 x 49 metros de diámetro sobre el que se asientan 49 megalitos. Sólo la mitad de ellos está sobre el nivel del mar, pues el resto descansa bajo las aguas. Allí, a nueve metros de profundidad, duerme un segundo cinturón de piedra de 65 metros de longitud. La isla vecina, Gavrinis, sobrenada como un compacto bloque pétreo de 750 metros de largo y 400 de ancho rodeado de árboles y hierba. El punto más alto de la isla es una pequeña colina semejante a una tumba que podría haber pertenecido a la madre de la Nueva Irlanda, pero aún más grotesca, más abstracta y con una estructura tan matemática que podría dejarnos sin habla. Los arrogantes bretones siempre han sabido que la colina estaba sabiamente colocada y que bajo sus pliegues rocosos se escondía la llave que movía el incomprensible «tiempo megalítico». El corredor fue descubierto en 1832 -la «tumba» estaba aún vacía— restaurándose entre 1979 y 1984 por un equipo arqueológico dirigido por el Dr. Charles-Tanguy Le Roux. Gavrinis es una isla dramática, como un fantasma surgido de un mundo utópico, oscura, caótica y a pesar de todo lógica, pues esconde la respuesta matemática a casi todos los interrogantes.
Isla de Gavrinis
 Me atrevo a preguntar a la ciencia actual: ¿puede haber vida inteligente en una tumba megalítica? No sé si encontraré respuesta. La dejo en el aire. Numerosas piedras de diferentes tamaños se rematan con dos docenas de megalitos ciclópeos para configurar la auténtica tumba megalítica. En Gavrinis, el suelo y la construcción de los bloques está pensado para la eternidad. Resulta totalmente imposible  transportar 250 toneladas de piedra compacta y situarla en la posición circular de los menhires. Gavrinis existía cuando ni siquiera había aparecido a  consecuencia del último tiempo glaciar el mar que ahora la rodea. La galería, flanqueada y decorada por monolitos, mide 13,10 metros. La «cámara mortuoria» tiene 2,60 metros de largo, 2,50 de ancho y 1,80 de alto. Esta cámara está rodeada de 6 gruesas columnas sobre las que descansa un gigantesco techo pétreo de 3,70 x 2,50 metros. Consta también de innumerables espirales y círculos que se entrecruzan y superponen unos sobre otros como gruesos dedos macizos.
Vista exterior del dolmen reconstruido
Un mundo misterioso y subterráneo arroja sombras caprichosas sobre la isla y esconde a la vez un gran enigma matemático, eterno y legítimo para todas las generaciones capaces de desafiar las leyes científicas. Gwenc'hlan Le Scouézec, genio matemático bretón, afirma que la milenaria composición pétrea puede descifrarse fácilmente en la actualidad. La cuenta comienza como todas, por el número uno. La sexta piedra es más pequeña y está más elevada que las otras, dejando al descubierto las huellas de la primera «señal» monolítica. Poco a poco va formándose el círculo, perfecto, matemáticamente ordenado y compacto. La sexta piedra es también la única que sólo tiene una señal; todas las demás muestran más de una marca en su estructura. ¿Representa acaso la sexta piedra el número 6? ¿Era quizá una señal necesaria para efectuar operaciones de cálculo?


NÚMEROS DE LA EDAD DE PIEDRA

El bloque pétreo número 21 de la galería presenta en su parte inferior una señal. A continuación, pueden encontrarse 18 marcas similares perpendiculares que muestran el mismo grabado, una muestra que va de arriba a abajo, verticalmente. Las cifras suman también 18 ó 3 veces 6. La multiplicación de 3 x 4 veces 5 x 6 suma 360 ó 60 veces 6. El resultado es, pues, el reflejo de un enorme círculo cerrado.
La piedra número 21, con el conjunto de las 18 restantes, con forma de tres esquinas
Los números 3, 4, 5 y 6, escritos uno tras otro, forman la cifra decimal 3456. Esta cifra está presente en el monolito número 21. Dividiendo 3456 entre 21 obtenemos el número 164,57. Este número indica la extensión del círculo, que tiene un diámetro de 52,38. El acimut del Sur está concretamente a 52 grados, 38 minutos en el día del solsticio de verano. Hemos dividido la cifra 3456 entre 21, hemos obtenido como resultado de esta división el número 164,57, hemos descubierto también que esta cifra corresponde fielmente a la extensión del círculo monolítico, que tiene un diámetro de 52,38; pero ¿qué ocurrirá si dividimos ambas cifras? 164,57: 52,38 = 3,14. Esta cifra, 3,14, es el conocido número Pi, que indica en este caso la relación del círculo con su propio diámetro.
Piedra trasera de cierre número 18 con sus correspondientes marcas
 Cuando descubrí todas estas «casualidades» me quedé mudo de estupor. Pero la isla de Gravinis me iba a deparar nuevas sorpresas, pues está repleta de respuestas y pruebas aritméticas. Ante todo, debemos tener en cuenta el número y la posición de los megalitos, que pueden integrarse en un sistema matemático. Por un lado,tenemos el corredor derecho con 12 piedras; por otro, la tumba megalítica con 6 piedras y en tercer lugar, las 11 piedras del corredor izquierdo. Las dos primeras cifras: 12 y 6 suman 18, número que corresponde exactamente a las marcas grabadas en el monolito número 21. ¿Pero qué ocurre con la tercera cifra? Pensemos un poco. Si dividimos la cifra decimal recibida anteriormente, 3456 entre 11, obtendremos como resultado el número 314.18. De nuevo, una combinación Pi. Si colocamos una coma en el número 3456 (34,56) y la dividimos entre 11, obtenemos otra vez 3,14, el número Pi. Gravinis es un tesoro aritmético en el que están integrados y combinados tres sistemas matemáticos diferentes: un sistema de seis cifras con sus correspondientes combinaciones, un sistema decimal y un sistema de 52 cifras. Basándose en el tercer sistema se elaboró el calendario y las matemáticas de la cultura maya. Pero en la ciencia aritmética de la isla Gavrinis no está reflejado únicamente el número Pi, sino también auténticas fórmulas pitagóricas, ciclos lunares, la dimensión de la Tierra y sus movimientos de rotación y traslación a lo largo de un año de 365,25 días. Gwenc'hlan Le Scouézec, que descifró el misterioso código matemático de Gavrinis, expresó su estupor con las siguientes palabras: «Es posible que mis descubrimientos arrojen interpretaciones diferentes y que muchos escépticos duden de mis teorías; sin embargo, es indudable que en Gavrinis late un misterio milenario propio de una Inteligencia superior.»
Megalito numero 24, con el único "hacha" y sus múltiples marcas.

MENSAJES EXTRATERRESTRES

¿En qué idioma nos comunicaríamos con seres extraterrestres si conectáramos con ellos mediante una radio intergaláctica? La respuesta es sencilla: utilizaríamos, sin duda, el lenguaje matemático, más fácil de entender para los extraterrestres que el alemán, inglés o francés. En el sistema dual de cualquier ordenador pueden sintetizarse sencillos códigos binarios para conseguir la comunicación:


Los perfiles de un ser humano son fácilmente reconocibles. Es simple matemática, pura lógica. En el año 1972 los EE.UU. lanzaron su satélite PIONEER 10 con tal fin, satélite que consiguió ir más allá de nuestro sistema solar. Lo mismo sucedió con el PIONEER 11, que despegó de Cabo Kennedy el 6 de Abril de 1973 y exploró el Universo hasta el último planeta de nuestro Sistema Solar. A bordo viajaba también una plataforma dorada de 15,29x29 metros y 1,27 centímetros de grosor que contenía un código matemático de comunicación para cualquier tipo de vida extraterrestre. También poseía un sistema de registro y captación de información sobre las dimensiones de los planetas y sus distancias respecto al Sol, que codificaba la información que obtenía en un sistema binario.
 ¿Pero qué ocurriría si este satélite penetrara en una cultura que no entendiera nada sobre sistemas matemáticos binarios? ¿Mirarían extrañados hacia el cielo preguntándose qué tipo de regalo les mandaban lo dioses? ¿Hablarían a sus hijos sobre extrañas criaturas celestiales o nos considerarían elementos de un ritual mágico y extranatural propio de seres inteligentes?

LA CONSECUENCIA

Los seres que se esconden tras el mensaje de Gavrinis han calculado y previsto lo que el futuro descubriría sobre ellos. Ellos no nos legaron únicamente un lenguaje matemático, sino tres. Nosotros lanzamos al espacio naves espaciales, satélites capaces de escudriñar el Universo, artefactos de aluminio con plataformas doradas, resistentes al paso de los años. Ellos, los constructores de Gavrinis, dispusieron sus monolitos en una fórmula eterna, resistente también al tiempo, desafiante.
Pero no queremos darnos cuenta de nada; desconfiamos de las pruebas, dudamos de que haya existido otra vida antes de la nuestra, y si era inteligente, aún dudamos más. De nuevo, quiero formular una pregunta a la ciencia: ¿Hay vida inteligente sobre la Tierra?

lunes, 22 de junio de 2015

REPORTAJE A JULIO GOYÉN AGUADO

Como ya es costumbre, seguimos recordando a una de las personas que inspiraron el motivo de nuestro blog: Julio Goyén Aguado, este admirable espeleólogo, y explorador de abismos insondables. Una entrevista publicada en la revista La Nación, el 25 de Agosto de 1996 por el periodista Jorge Palomar. Como también ya es costumbre agradecemos a Javier Stagnaro, amigo y colaborador de Goyén Aguado, por facilitarnos este material de su incomparable archivo.

Julio Goyén Aguado
La palabra suena difícil: espeleología. Pero para Julio Goyén Aguado es la puerta de entrada a un mundo fascinante y verdaderamente primitivo: el que vive en las grutas y cavernas, en las  entrañas de la tierra
Son muy pocos los hombres en nuestro país que aceptan con orgulloso pacer ser llamados cavernícolas. En la práctica lo son aunque la ciencia se haya encargado de distinguirlos con más propiedad: espeleólogos. La palabra proviene del griego, spelaion (caverna) y logo (estudio).
  En la Argentina, no son más de de veinte los espeleólogos profesionales que suelen husmear el interior de esa especie de burbujas  subterráneas con la misma naturalidad que uno camina por el jardín de su casa.
 Exploradores natos, “la mayoría de ellos han incorporado a su título de geólogo, biólogo, cartógrafo o antropólogo esta actividad que nació como un hobby en mi adolescencia", cuenta Julio Goyén Aguado,  fundador, en 1970, del Centro Argentino de Espeleología. El auge de esta nueva forma de investigación abrió caminos: hoy funcionan más de quince instituciones en todo el país dedicadas al estudio de las cavernas. "Mi primer acercamiento a las cavernas se lo debo a Julio Verne. Era muy pibe cuando leí Viaje al centro de la Tierra y a partir de esa lectura es como si hubiera explotado en mí una gran obsesión. Seguí leyendo otros libros, me pasaba horas y horas en las bibliotecas. A los veinte años, me compré un Dodge 47 todo destartalado y así empecé. Fui a Córdoba, a Mendoza, a La Pampa, a veces solo, a veces con mi hermano, a veces con algunos amigos. Había encontrado mi profesión." En 1995, el Concejo Deliberante lo distinguió con el titulo de Ciudadano Ilustre. Antes de eso, había acumulado una infinidad de viajes por el interior y por todo el continente. El turismo, además, tiene mucho que agradecerle: fue el primero en explorar la caverna de Las Brujas, en Mendoza, que luego se convertiría en uno de los puntos de atracción más visitado por los argentinos. "Me metí en esa caverna ochenta y cuatro veces, y en cada viaje siempre descubría algo", aclara.
Por esas cosas de las pasiones paralelas, en 1975 Goyén Aguado se relacionó con el astronauta Neil Armstrong, acaso también el más famoso de los espeleólogos. Así, el primer cavernícola argentino y el primer lunático del mundo -si se aceptan las licencias- se hicieron grandes amigos. "La última expedición que hicimos juntos fue a la caverna de Los Tayos, un lugar fantástico en la sierra del Cóndor, en plena selva ecuatoriana. Por ser de clima tropical, la fauna que se desarrolla allí es impactante. Recuerdo el susto que nos pegamos cuando nos cruzamos con tarántulas gigantescas de más de diez centímetros de diámetro. En un momento, Armstrong y yo nos quedamos como paralizados al verlas. Pero el secreto era no tocarlas ni espantarlas..."
Lo desconocido ha obsesionado al hombre desde tiempos inmemoriales. La superficie terrestre ya casi no encierra secretos; se sigue explorando el universo y aún no se han aclarado todos los misterios que guardan los mares y los océanos. La ciencia no dudó al afirmar que 1856 fue trascendental para las investigaciones antropológicas. Ese año fue descubierto en una gruta de conformación calcárea, en el Valle de Neander, cerca de Düsseldorf, Alemania, el esqueleto de un hombre presumiblemente antediluviano: el Hombre de Neanderthal. El hallazgo de la Cueva de Neanderthal, si bien no fue el primero de su tipo, sirvió para iniciar, la era de la búsqueda de huellas prehumanas, además de conducir a la investigación del pasado de las razas. Y abrió paso, también,  a la idea de la existencia de un primitivo hombre de las cavernas. "Desde su aparición en la Tierra -explica Goyén Aguado- , el hombre reemplazó la falta de conocimiento con imaginación. Lo que ignoraba era temido y por eso nacieron los mitos como posible  explicación o revelación".  "El mundo subterráneo era pavoroso para él.  Así surgió el Tártaro, un profundo abismo habitado por monstruos ciegos,  deformes y tristes.  En la distribución del mundo que la mitología hizo entre los dioses, a Neptuno, junto con el poder sobre la aguas, le correspondió el universo secreto de las simas". "Vulcano, cojo y deforme, poseía sus fraguas en el ceno de los volcanes. Los Titanes fueron desterrados a las tinieblas por su maldad. Polifemo fue pensado como un cíclope malvado que vivía en una gruta cuando se apoderó de Ulises. Y para los nórdicos, en los abismos subterráneos vivían los enanos forjadores del metal, los gnomos, espíritus funestos para el hombre”.
A diferencia de lo que ocurre en otros países, la espeleología no tiene base académica en la Argentina. No es una carrera universitaria. "Por eso, cada vez que iniciamos una expedición, la planificamos con biólogos, paleontólogos, arqueólogos. Nosotros somos algo así como los primeros exploradores, los que abrimos las puertas para, luego, facilitar el trabajo de los científicos. En realidad, nos necesitamos unos a otros." Saltos de agua y lagos subterráneos; sifones, simas y abismos de profundidades desconocidas; columnas, velos y estalactitas que a veces acarician las estalagmitas; salas de cincuenta metros de alto y galerías interminables, algunas de ellas de hasta cien kilómetros de recorrido. Temperaturas estacionadas entre 4 y 7 grados. Humedad. Silencio. Y oscuridad. En ese mundo se mueven, a veces como topos, a veces como pájaros, los espeleólogos.  "¿Qué siento? Una paz formidable -dice Goyén Aguado-. No hay agresión. Es como estar suspendido en el tiempo. Es como volver al vientre de la madre. Como dicen en el Norte, reencontrarse con la Madre Tierra, con la Pachamama."
La vocación de Goyén Aguado nació como una obsesión literaria alrededor de una novela de Julio Verne
  Investigan. Encuentran muchas respuestas, pero las preguntas nunca se terminan. ¿Cuánto falta por conocer todavía de ese mundo increíble y complejo de las sombras, modelado desde los orígenes mismos del planeta? "Hay mucho por ver en el reino de las tinieblas, en eso que nosotros llamamos el sexto continente", resume el explorador, atrincherado en su vieja oficina de un primer piso de la Avenida de Mayo al 600, repleta de papeles y mapas, de fotografías, carpetas y libros que van del suelo al techo.