lunes, 10 de agosto de 2015

BOCHICA, EL EXTRATERRESTRE PRECOLOMBINO

Artículo publicado en la revista Espacio y Tiempo (n° 19, Septiembre 1992) por Miguel Roberto Forero García

Bochica

El "caso Bochica" está registrado en Colombia con el insignificante rótulo de mito. Así aparece en los textos escolares de Historia y algunos indigenistas consideran su llegada a Suramérica como algo confuso e indemostrable. Hoy. sin embargo, tenemos informaciones menos imprecisas y documentos que acreditan su permanencia en tierras colombianas, y sabemos más de lo que pudieron saber al respecto los inmigrantes europeos llegados después del Descubrimiento. Frecuentemente, las actividades del enigmático viajero extraterrestre se confunden con el éxodo de los protopobladores continentales llegados de las regiones fluviales del Amazonas y del Orinoco. Es más, algunos autores, como el Padre Gumilla, conjeturan que pudo ser un retoño del tronco genealógico de los nautas del Arca, que en época post-diluviana arribó al Brasil después de un largo itinerario transpacífico. El asunto data de 1540, cuando un anciano cacique convertido a la fe cristiana confió a los capellanes
del licenciado fundador Jímenez de Quesada una noticia como para santiguarse: la visita de un hombre venido de las estrellas. A él se lo habían contado sus antepasados, que lo escucharon de otros más viejos y, éstos, de labios de quienes lo vieron llegar. Los aterrados frailes conocían desproporcionadas historias sobre razas con hombres de tres cabezas, el mohán de los ríos, comarcas donde brotaban el oro y las piedras preciosas... pero absurdos como éste, jamás.

EL ATERRIZAJE DE PASCA

El arribo de una inmensa nave interplanetaria - que no otra cosa pudo ser - sucedió durante la fiesta de Huan, después de recoger la cosecha del maíz, cuando la concurrencia era enorme en las abruptas serranías de Pasca, al oriente de Santa Fe de Bogotá.
Según la versión indígena, fue en septiembre de un año imprecisable, seis mil antes de hoy, cuando al ponerse el sol bajó de las nubes una "casita de luz", símil utilizado por los naturales del país para señalar el extraño aparato aterrizado ante la muchedumbre, que veía arder la hierba por efecto de un "fuego invisible", exento de humo y de llama, producido tal vez por el sistema de propulsión iónica del ovni.
De aquel aparato metálico, "del color de la plata batida", redondo y más grande que los bohíos, detenido a pocos centímetros del suelo, salió un hombre desconocido y tambaleante a quien desde entonces llamaron Bochica, "Supremo Dios de la Tierra y Patrono de los Caciques". Era de gran estatura, afable, pacífico y comunicativo quien, hablando en su misma lengua, prometió a los chibchas convivir con ellos y servirles por muchos zocames (años) hasta que se cumplieran veinte de treinta y siete lunas, o sea, un zocam-gueta, equivalente a 70 años de los nuestros, al cabo de los cuales se marcharía con el viento, como en efecto ocurrió. Claro está que los aterrados hombres de Dios no entendieron esto de la nave y del aterrizaje. En materia de vuelos su conocimiento no iba más allá del aleteo del cóndor planeando sobre su presa, o del milagroso viaje del profeta Elías en el vistoso carruaje de fuego ensamblado por el Señor para su ascenso a los cielos. Achacaron entonces el aterrizaje de Pasca a un abominable satanismo digno de combatirse con la bendición de capillas en cada uno de los parajes visitados por el exiliado celeste. Esta es la razón para que en muchos caminos rurales de Boyacá todavía existan estos puntos de oración a donde acuden los campesinos a espantar el diablo. Desde luego, en este caso, el celo de los eclesiásticos no causó tanto daño como el del arzobispo Diego de Landa, en México, con la destrucción de inapreciable literatura informativa de las culturas azteca y maya.

¿CÓMO ERA BOCHICA?

Los únicos documentos competentes para precisar su figura son los escritos por los misioneros españoles durante su estancia en el Nuevo Reino de Granada. Muchos de los valiosos elementos descriptivos de estos manuscritos se refrescan magistralmente en la producción histórico-literaria del Padre Pedro Simón, de Lucas Fernández de Piedrahita, del cura Aguado y de Juan de Castellanos, minuciosos cronistas del siglo XVI, para quienes no fue indiferente la misteriosa aparición de Bochica y su periplo por tierras del Nuevo Mundo. Estos materiales informativos, de primera mano, sirvieron para elaborar un identi-kit o retrato hablado, trabajo de historiadores, anatomistas y expertos en dibujo manual e imágenes electrónicas que prepararon el perfil aproximado de un hombre que vivió hace siglos. Del identi-kit no fue posible una copia. Quien conservaba el original falleció y su archivo fue a manos de personas refractarias a esta clase de retrospecciones, quienes lo destruyeron. Bochica, también conocido con los nombres de Nenqueteba, Sadigua o Chimizipagua, tendría sesenta años, a escala terrenal, cuando desembarcó en las serranías de Pasca. Su piel era blanca, limpia y sonrosada; amable el rostro cubierto por espesa barba. Los ojos grandes y expresivos, como de porcelana azul, y la cabellera, encanecida. Andaba lentamente con paso majestuoso y le vieron alzarse entre la multitud significando su condición superior. Probablemente este fenómeno de levitación individual se presentó al contrariar la "tiranía vertical" por efecto transitorio de la gravedad terrestre con respecto a la de su planeta natal, diferente de la nuestra.
A propósito de este visitante prehistórico escribía en 1854 don Ezequiel Uricoechea y Rodríguez, consumado americanista, cosas como éstas: ... no puedo terminar sin decir algo más respecto del personaje misterioso que en tiempos remotos les sirvió de legislador y al que veneraban como a un Dios. Llegó por el oriente sin que sepamos cómo. Traía una barba larga y cabellera atada atrás con una cinta y una túnica sin cuello. Se apareció una tarde al ocultarse el sol en lo alto de un arco iris. Convocó a la nación y les ofreció remedio a sus males, no suprimiendo los ríos que podían serles útiles, sino dándoles salida". ("Memoria sobre Antiguedades Neo-Granadinas")

LA PISADA DE CUÍTIVA

Su peso y estatura corpóreas se han calculado examinando la huella de su pie, dejada sobre una piedra arenisca en el viejo camino de Cuítiva, población del Departamento de Boyacá, cercana del Templo del Sol construido por su inspiración en el valle sagrado de Suamox (hoy Sogamoso). Esta prueba muda encaja perfectamente en el confuso rompecabezas prehistórico armado por especialistas en paleopatología y por los arqueólogos que han revisado la amplia zona de influencia del furtivo visitante. La huella no se ha sometido al carbono 14, pero su datación no ofrece mayor problema. Basta observar la fina capa de oxidación que la cubre para comprobar que el proceso de sericitación ha transformado lentamente los feldespatos de la loza por acción químico-mecánica de agentes ambientales, posible únicamente en piedras muy antiguas. Mide 28 centímetros de largo por 9,5 de ancho en la franja metatarsiana y corresponde al pie de un bípedo, de extraordinario desarrollo muscular-esquelético, que debió pesar 85 kilos y medir 1,90 metros, talla imposible en los chibchas, gentes pequeñas por lo general. Hasta ahora no se ha podido desconocer el valor de esta estela que acredita la presencia física y los parámetros anatómicos de alguien que no era de aquí.

 EL HOMBRE DE LA MANO AL PECHO

 En las inmediaciones del princial Observatorio Astronómico Precolombino de "El Infiernito", en Villa de Leyva, se desenterró la estatua de piedra de un hombre de gran corpulencia y apostura. Esta pieza, que hubiera aportado inestimable información, fue destruida por el martillo de fanáticos parceleros que, con el pretexto de limpiar la comarca de "perturbaciones demoníacas", la hicieron pedazos. Uno de éstos, muy expresivo por cierto, hoy en el Museo Arqueológico de Sogamoso, era parte de un cuerpo de casi dos metros de estatura y corresponde a la mano derecha, abierta y en tranquilo reposo, sobre el pecho o cerca del mentón, de quién posó para el anónimo escultor aborigen. Salvadas las distancias, recuerda al famoso cuadro de El Greco. La mano, de 25 x 15 centímetros, fue labrada con exquisito gusto y esmero en piedra arenisca, de grano fino, fácil de pulir y, a juzgar por la oxidación que la baña, especialmente notoria en las líneas de fractura, debió ser esculpida en época anterior a la conquista española, lunas después del aterrizaje de Pasea. Quienes conocieron la estatua consideran que el personaje en cuyo homenaje se erigió era de mucha valía, por la nobleza de la obra y el absoluto sentido de grandiosidad, que así lo demuestran. Por lo demás, el lugar donde se halló indica que el homenajeado acaso fue el gestor del imponente Observatorio, único en el país chibcha.

CUANDO EL CIELO DECÍA SÍ

El centro más importante del saber precolombino fue este Observatorio que no pudo haber sido construido por gente sin capacitación tecnológica, o sin información muy completa de la bóveda celeste. Al no existir en tierras chibchas peritos en estas materias, forzosamente quienes lo erigieron eran de procedencia externa. En opinión de los entendidos, el Observatorio chibcha es similar al de Stonehenge, en Inglaterra, y una inexplicable réplica del crónlech de Carnac, existente en la Bretaña Francesa, cuadrangular como el nuestro. Para construirlo los aborígenes debieron tener, sin duda, la asesoría de un hábil arquitecto y de artesanos previamente adiestrados en la organización de conjuntos megalíticos, infrecuentes en sus territorios. El de Leyva lo construyeron sobre un rectángulo de tierra arenosa de 34,30 x 11,60 metros y erigieron allí 112 columnas de piedra dispuestas en dos hileras, de tal manera que las separaciones entre cada columna van desde los 0,38 centímetros hasta los 6,50 metros.
Las alturas son variables. Se encuentran columnas de sección cilíndrica de 6,80, 3,40 y 2,75 metros. El rectángulo está orientado hacia los cuatro puntos cardinales: el eje longitudinal va de Este a Oeste y et transversal de Norte a Sur. Las columnas sirven como miras para observar el orto y el ocaso de-Sol y de la Luna, localizar los planetas por la posición celeste y. además, realizar complejas operaciones matemáticas conforme al miento de los astros sobre las lineas del triángulo y las diagonales del conjunto, convertido en el computador lítico más ingenioso y exacto del mundo arcaico. Los arqueólogos nacionales aún debaten su utilidad práctica: unos sostienen que sirvió para fijar la fecha de las consagraciones sacerdotales, la hora para celebrar rituales mágicos y el culto astral. Otros creen que a través de la asombrosa instalación se calculaban las temporadas de sequía o de intensas lluvias, determinantes de la siembra y recolección de las dos cosechas anuales de quimua (chenopodiun quimue), grano rico en aminoácidos consumido en gachas por los indios. La hipótesis más atrevida es la planteada por el escritor Erich Von Dániken, con quien en años pasados lo visité. Dániken opina que también habría sido utilizado para "determinar qué días se podía engendrar o se debía evitar la cópula". Es más, el investigador suizo llega incluso a formular esta pregunta: "¿Pasaron por allí los Ogino-Knaus del paleolítico divulgando la buena nueva de la esterilidad cíclica de la mujer?" Probablemente este recóndito y abrigado lugar indígena estuvo con-sagrado a la placentera y controlada siembra de la semilla humana, cuando el Cielo decía que sí. ¡Vaya usted a saber!... No está de más anotar que se halla en cercanías y apuntando hacia la tenebrosa laguna de Iguaque, cuna de la Humanidad a partir de Bachue, Eva precolombiana en la cosmogonía chibcha.

 ¿BOCHICA UTILIZÓ LA ENERGÍA NUCLEAR?

Es apenas una presunción libre, originada en un episodio que la historia no registra, o si de pronto lo hace es para ofrecerlo como algo obvio, olvidando que en el momento de producirse no era posible sin la eficiente participación de alguien familiarizado con el uso de un extraño aparato. Lo encubierto por los historiadores oficiales permite sospechar que Bochica precisó de una potente energía para realizar la proeza hidráulica, hoy irrepetible, que llevó a cabo, salvo que se utilice el poder destructor del átomo. Para los indios el agua significaba la alianza entre el Cielo y la Tierra, pero también la hambruna y el desastre de sus sementeras cuando las inundaciones cubrían sus tierras. Era el caso de la Sabana de Bogotá, inutilizable por estar convertida en un inmenso lago "desde tiempos muy atrasados", como escribía en 1624 Fray Pedro Simón en sus "Noticias Historiales del Nuevo Reino de Granada". Pero cuando el maestro Bochica supo de tal aflicción, ofreció solucionarla poniendo por testigo a Cuchavira (el arco iris) y lo cumplió desde las orillas de la gran inundación. Aquella vez, subido a una pequeña eminencia del terreno, extendiendo su brazo, "arrojó entonces la vara de oro que tenía en las manos, abriendo esta brecha suficiente en las rocas del Tequendama, por donde se precipitaron las aguas dejando enjuta la llanura y más fértil por el limo acumulado" (E. Uricoechea. "Memorias Neo Granadinas". 1854).
En presencia de Cuchavira prometió desecar la gran sabana de Bogotá. ¿Utilizó la energía nuclear para realizarlo?
En el sistema referencial de los indios la vara de oro es un buen símil: llama la atención hacia el objeto desconocido capaz de haber pulverizado las rocas que represaban las aguas y, al darles salida, formar el salto del Tequendama, con una caída de 145 metros, al sur de Bogotá. ¿Pero qué pensar del aparato utilizado para desalojarlas en tan breve maniobra? Pudo tratarse de un minireactor en el que por desintegración del plutonio o de otro elemento radiactivo - por ejemplo, el uranio 235 -, se obtuvo una fuente de energía muy poderosa, tan eficaz que en pocos segundos produjo el vaciamiento del lago. No de otra manera se explica esta asombrosa operación hidráulica que, si quisiéramos acometerla hoy día, demandaría una estrategia similar, costosa y de alto riesgo. Dicen que luego del fulgurante disparo del haz lumínico, escapado de la vara de oro manejada por Bochica, los acantilados se evaporaron. Las aguas de los pantanos hervían al soplo de un fuego abrasador y la luz del Sol se opacó con las cenizas y el polvo que esmerilaban el entorno. Los árboles perdieron sus hojas, abatidas por el torbellino salido de las entrañas del valle y, aun cuando era sua-mena (mediodía), apareció Za (la noche) cubriendo toda la Naturaleza. Las aves huyeron espantadas y los animales de los páramos, enloquecidos, no sabían qué dirección tomar. ¿No es éste el patético relato de una explosión atómica dirigida, como las realizadas en el desierto de Mojave o en el atolón de Mururoa?

LA TEORÍA DEL ÉXODO

En Colombia la historia oficial y, desde luego, quienes la escriben consideran a Bochica como un personaje extraño insertado en las sugestivas leyendas puestas a rodar en Amerindia por la imaginación popular. No le conceden categoría humana; pues sólo así la formidable y tecnificada civilización chibcha resultaría del impresionante talento creativo y del ingenio de los nativos, refractarios a cualquier tipo de intervención o de coloniaje cultural. Ni para qué hablar, entonces, de su origen extraterrestre. Menos aún del extravagante suceso de las Serranías de Pasca, que exacerba a los académicos. Ellos admiten al extraño Dios de las tribus andinas no como persona física y mental, sino como "un proceso sociológico de enseñanza artesanal y política, pero, además, de adoctrinamiento religioso". Esta teoría, que no carece de atractivo, la presenta el profesor Gabriel Camargo Pérez, miembro de la Academia Colombiana de Historia, calificado como el mayor especialista nacional en tradiciones del pueblo chibcha y autor de varios libros sobre este tema. Para él, Bochica "es un fascinante mito de la prehistoria colombiana que, sin duda, radica en la andadura de los primeros hombres que descubrieron y cruzaron las cuencas fluviales de la Amazonía y la Orinoquía de este país en un viaje admirable". Añade, además, que "el remoto origen de tan amañada imagen habría que buscarlo en las migraciones transmarítimas que sucesivamente arribaron algún día, en la época del proto-poblamiento continental, y luego aparecieron en el altiplano Cundiboyacense para estacionarse aquí durante siglos". Camargo Pérez, durante la entrevista que le hice en exclusiva para Espacio y Tiempo, apoyó su convicción en precisiones que abren espacio para cotejar el mito o la leyenda de Bochica a partir del supuesto de que no se trató de un hombre de carne y hueso. sino de un grupo más o menos numeroso de personas que "balseando" por la inmensa red fluvial surcolombiana llegaron hasta la sabana de Bogotá, en el centro oriental del país, hace 12.500 años. y. tras un lento nomadismo exploratorio. se radicaron en estas tierras. Por otra parte, agrega el profesor Camargo, "si gentes ilustradas crearon parábolas bíblicas, dioses del Olimpo, ciudadanos atlantes. alfombras mágicas y miles de fantasmagorías, debemos aceptar que quienes no habían recibido legados escritos, ni revelaciones evangélicas, envolvieron en mito el origen del Universo y de muchas cosas y personas. Por eso debemos recurrir, y estamos recurriendo, al prodigio de las ciencias modernas, y con la ayuda de Dios, para interpretar los secretos que ha escondido la historia en el arcano del tiempo y aproximarnos a la esquiva pero justa verdad de Bochica".

HEREDERO DE LA SABIDURÍA INTERIOR

El suceso humano de Bochica es, para el astrónomo, ingeniero y geógrafo Juan José Salas, director del Planetario de Bogotá y científico muy reputado en Colombia, un asunto muy serio del cual aún no se ha dicho todo. "Nos hemos contentado con candorosas reseñas de su peripecia y pare de contar". Considera Salas que "por carencia de pruebas, puesto que las encontradas hasta ahora son insuficientes, este personaje continúa, a la luz de la ciencia, bajo el irritante rótulo de mito. Pero, de acuerdo a las tradiciones religiosas de los aborígenes colombianos, es un auténtico personaje excepcional por sus conocimientos y su destreza en la realización de obras difíciles"... "No olvidemos que las religiones de los pueblos antiguos acogen dioses y personas bienhechoras que hacen tránsito en la historia local, se destacan por sus merecimientos y desaparecen luego. Esta es una constante universal aun en comunidades de bajo perfil cultural. Nuestro personaje desarrolla el magisterio de lo práctico y lo útil. Desde tejer mantas hasta desvelar el secreto mundo de los astros". Al preguntarle si Bochica pudo haber desecado la inmensa sabana de Bogotá y cómo lo hizo, Salas apuntó que "la varita mágica de oro da mucho que pensar. No se puede tomar como una alegoría sin fundamento, pues, además de manifestar un alarde de conocimientos superiores, evidencia la posibilidad de que fuera un experto en el manejo de las aguas y que con la construcción de canales, acequias y atarjeas las evacuó. Hoy podríamos hacerlo, pero en aquellos tiempos  debió ser empresa muy difícil. Pienso que en edades muy anteriores se crearon tecnologías gracias a los cocimientos heredados, por supuesto, de otra Humanidad que pobló la Tierra hace millones de siglos. Humanidad portentosa por su saber, desaparecida en circunstancias que son un secreto. Tal vez por la acción de catástrofes naturales, epidemias asoladoras o procesos degenerativos incontrolables. Esto pudo ser así, como también que nuestro Bochica sea el heredero de esa pro-.funda sabiduría perdida, como él, en la oscura franja del pasado".

ADIÓS MAESTRO

La aparente "defunción" de Bochica, el extraterrestre precolombino, desborda la realidad para penetrar en el campo de lo sobrenatural. Para los cronistas del siglo XVI fue lo más obvio y, por lo mismo, le dedicaron pocos renglones. Suficientes para redactar un fascinante capítulo de ciencia ficción. El Padre Simón, en sus "Noticias Historiales", da fe del acontecimiento luctuoso e incluso cae en la exageración. Calcula la permanencia terrestre de Bochica en cifra bimilenária, que sobrepasaría la existencia biológica de cualquier mortal, así fuera un longevo patriarca bíblico. Reseña, además, los últimos sunas (meses) de su vida social itinerante, por cierto muy activa, cuando visita a los caciques amigos, organiza "talleres" para enseñar la fabricación de telares y la tinturación y tejido de mantas, dejando, a manera de manual de instrucciones, un diseño mecánico pintado "en alguna piedra lisa y bruñida, por si se les olvidaba". En su manuscrito, el religioso lo hace "desaparecer" en el Valle Sagrado del templo solar como por arte de encantamiento. Y nuestro personaje hace mutis en el escenario del suceso. Para Fernández de Piedrahita el asunto merece más atención. Ocurre en el entorno geoantropológico al que alude la pluma de su colega, o sea, el Valle del Suamox, centro religioso justamente llamado "La Roma de los Chibchas". Su relato es más minucioso y explícito, al añadir elementos de juicio que lo mejoran notablemente: "hacer morir" a Bochica de muerte prosaica, para luego "catapultarlo" al Cielo "en el mesmo cuerpo, no en ánima".
Olvidó, por supuesto, contarnos quiénes se encargaron de poner en órbita al ilustre difunto y el "empaque" en que fue "remesado", datos que hubieran aclarado este inquietante enigma. De aquí en adelante persiste el misterio en torno al personaje más popular de las leyendas colombianas. De él se puede decir todo: que no fue terrestre, sino inmigrante de mundos ignotos; que es tan sólo un mito para decorar la prehistoria del Nuevo Mundo; que tampoco fue de carne y espíritu, sino la personificación de un pueblo buscando su espacio en la Historia Universal. 
Antonio M. Benitez, pintor primitivista, recidente en uno de los sitios frecuentados por Bochica, alegoriza así su presencia entre los Chibchas








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