miércoles, 9 de marzo de 2016

DANIEL RUZO Y MARCAHUASI (F. JIMÉNEZ DEL OSO)

Compartimos un extracto del artículo del recordado doctor español Fernando Jiménez del Oso, para la revista de la cual él fue director: Espacio y Tiempo (n° 11,  Enero 1992). Su entrevista al investigador por antonomasia de la meseta de Marcahuasi: Daniel Ruzo. Un escrito bastante crítico a las indagaciones y teorías de Ruzo. Más allá del escepticismo de J. del Oso, prontamente publicaremos las pesquisas de otros investigadores con ideas más cercanas a las de Daniel Ruzo.


EL SEÑOR DE TEPOZTLÁN

Tepoztlán es nombre náhuatl que significa "lugar de mucho cobre", y  representaba con un hacha de cobre sobre un cerro. Tepozteco, con la misma raíz, es el nombre que designa a un picacho donde aún pueden verse los restos de un anti-guo adoratorio chichimeca. Pero hay otro nombre más derivado del cobre: Tepoztecatl, el Señor de Tepoztlán; un personaje sin duda extraordinario. Nació de una princesa virgen, fue abandonado en una caja que arrastró la corriente del río, y recogido por un matrimonio anciano, que lo cuidó como a un hijo. Entre otras muchas proezas, también con resonancias bíblicas, emuló a Jonás, ya que, para acabar con un monstruo llamado Xochicalcatl, se dejó tragar por él, con el propósito de, ya en su interior, sacar del morral afilados cuchillos de obsidiana y cortar con ellos el estómago de la horrible fiera, abriéndose así paso hasta el exterior, al tiempo que la mataba. Como no podía ser menos, horadó cerros con sus puños, produjo enormes riadas con sus micciones, y convirtió en peñascos a sus enemigos. Pese a todo, no fue un dios, sino un simple héroe local, que unió a su cargo de señor de Tepoztlán, el de sacerdote de Ometochtli, dios de la embriaguez. Quizás sea necesario aclarar que tal deidad no protegía a los alcohólicos, sino que tutelaba la embriaguez sagrada, es decir, aquella que, propiciada por los alucinógenos, permitía a los iniciados entrar transitoriamente en el mundo de los espíritus. No es, pues, Tepoztlán, un lugar cualquiera; sobra allí material para que folkloristas y antropólogos pasen unas vacaciones instructivas y amenas. Y es también un terreno propicio para cualquier tipo de especulación, incluida una tan sugestiva, como la de que algunos de esos cerros no son formaciones naturales, sino estatuas, ya erosionadas y deformes, talladas por una cultura protohistórica.

EL VALLE SAGRADO DE DANIEL RUZO

Ésa es la tesis defendida por Daniel Ruzo en su libro "El Valle Sagrado de Tepoztlán", en el que, como tiene por costumbre, afirma, en lugar de sugerir, y dogmatiza, en vez de convencer: "Enclavado en las alturas centrales de México y dominado por dos volcanes imponentes, el Valle Sagrado de Tepoztlán guarda los recuerdos de reyes muy antiguos y los secretos y templos de una Humanidad que desapareció con el Diluvio."

-La posición de Ruzo se fundamenta sobre todo en el estudio de Nostradamus, autor del que posee la más extensa y costosa biblioteca; pero no sé hasta qué punto el hecho de contar con numerosas ediciones de las cuartetas del célebre astrólogo, convierte a Ruzo en el mayor experto sobre el tema; y, si su libro "El testamento auténtico de Nostradamus" debe considerarse el único que interpreta correctamente los enigmáticos versos - entre otras razones, porque debería darse igual margen de confianza a cada uno de los autores que presumen de haber descifrado lo que exactamente quería decir Nostradamus, que son todos -, también es indiscutible que Daniel Ruzo ha manejado documentos originales y que durante mucho tiempo se ha dedicado al estudio de esta cuestión. Así que sus razones tendrá cuando afirma que estamos viviendo los últimos ciento ochenta años de esta era, o, si se quiere, de esta Humanidad, "la quinta de la cronología tradicional", que comenzó hace algo más de ocho mil años, cuando las aguas del Diluvio volvieron a su cauce. Según su interpretación de las profecías de Nostradamus, este período final comenzó en 1957 y terminará en el 2137. Durante esos años, los humanos debemos tener acceso a todos los secretos dejados por las humanidades anteriores, porque en ellos se encierra un mensaje que nos concierne. A este respecto, debo manifestar mi encono hacia los remitentes de tales mensajes. No deja de ser irritante
que avisos y recomendaciones de vital importancia destinados a esta doliente Humanidad actual, sean tan crípticos y oscuros, que nadie los entienda y para nada sirvan. Claro está que no faltan traductores de esos mensajes;  pero, a la postre, resultan igualmente oscuros y basan sus conclusiones en claves que sólo a ellos convencen.

UNAS DUDOSAS ESCULTURAS CICLÓPEAS

 Por su parte. Daniel Ruzo está convencido de que la anterior Humanidad, la cuarta. y aún otras más viejas, labraron las montañas para esculpir rostros y animales. Obviamente, tales esculturas constituyen la parte visible del mensaje; la otra parte, la invisible, se oculta en el interior de cuevas - también, obviamente, no descubiertas -que en su día sirvieron de refugio a los elegidos para perpetuar la especie cuando se producía el cataclismo correspondiente. Como él mismo nos contaría después, tales cuevas cumplían, y han de volver a cumplir, la función de antro iniciático, en el que esos supervivientes sufrían una aceleración en su evolución psicoespiritual, mejorando así la especie. Si se observa la calidad de los humanos de ahora, es fácil deducir que tal iniciación no quedó impresa en el A.D.N. cromosómico, o que la Humanidad precedente era aún más impresentable que ésta, lo que ya es decir. Por lo que respecta a Tepoztlán, la aguda mirada de Ruzo descubre allí varias de esas esculturas ciclópeas; la mayoría resultan más que dudosas para un observador imparcial, pero hay una especialmente sugestiva; la que, según él, representa al propio Tepoztecatl. Es una roca de sesenta metros de altura, con la cumbre parcialmente cubierta por vegetación, que se asemeja a un hombre sentado, tapado con un manto del que emerge la cabeza. La similitud es tan evidente, que los habitantes de Tepoztlán la conocen por "El Cerro del Gigante"; pero. en tanto que las gentes comunes lo consideran un capricho de la Naturaleza, Daniel Ruzo no duda en afirmar que "se trata del cerro 'del hombre que bajó del cielo': es Tepozteco, "hijo del dios del Viento", que ha bajado a la Tierra. Es el hijo de Quetzalcoatl." Ni por un momento admite otra posibilidad que la de que se trate de una auténtica escultura, con la particularidad añadida de que, según las horas del día, tiene seis fisionomías diferentes: "Los escultores hicieron un trabajo tan perfecto, que nadie puede negar que se trata de una obra humana de excepcional calidad." Los lectores juzgarán ante las fotografías. Mucho menos evidente es "el cofre del tesoro de Tepozteco", llevado por un hombre cuya cabeza está cubierta por una escafandra. Sin embargo, Ruzo no duda de ello e, incluso, deduce que la escafandra es una prueba del alto nivel técnico alcanzado por la Humanidad desaparecida.
Éstas y otras deducciones acaso parezcan aventuradas al lego, pero él, curtido descubridor de este tipo de testimonios del pasado, está acostumbrado a hacerlas. Tepoztlán, aunque haya merecido un libro de su parte, no es más que una muestra secundaria del arte ciclópeo desarrollado por aquella extinta Humanidad sembradora de mensajes; el lugar principal, donde más abundantes y mejor definidas esculturas dejaron, es una meseta peruana llamada Marcahuasi, que dio motivo a Ruzo para escribir una de sus más reeditadas obras: "La historia fantástica de un descubrimiento. Los templos de piedra de una Humanidad desaparecida." ¿Qué lleva a un hombre a dedicar la mayor parte de su vida a la defensa de una idea indemostrable? ¿De dónde nace ese convencimiento que arrastra a Ruzo al apostolado en busca de adeptos para su causa? ¿Acaso oculta un as en la manga y basa su aserto en algo más que lo simplemente aparente? 

UN SOÑADOR NACIDO CON EL SIGLO

Sólo había una forma de saberlo: preguntándoselo a él mismo. No fue fácil dar con su casa. En Cuernavaca existen muchas colonias residenciales, y unas se funden con otras, sin límites precisos. Tampoco hay transeúntes a los que preguntar o comercios en los que informarse; se vive allí de puertas para adentro, y ni siquiera las fachadas orientan al paseante sobre el talante de los que allí habitan o el confort que se oculta detrás de los discretos muros. El despacho de Daniel Ruzo está instalado en la planta alta de una de esas mansiones. No es un lugar para recibir, sino para trabajar; incluso los muebles parecen haber conocido tiempos mejores en otras salas de la casa antes de llegar allí. Sentado ante la mesa, formando casi parte del mobiliario, había un hombre viejo, muy viejo, que sonreía amablemente. 
— Comencé a interesarme por Marcahuasi en 1951, al ver una magnífica fotografía del lugar en casa de mi amigo Enrique Damert - confiesa Ruzo -. Esa fotografía expresaba todo lo que yo había sospechado durante mi trabajo en el Cerro San Cristóbal, en Lima. En 1952, el señor Damert me regaló dicha fotografía e inmediatamente organicé la primera expedición a Marcahuasi, acompañado por mi hijo y un ingeniero que trabajaba conmigo. 
Así, de forma aparentemente casual, este peruano nacido con el siglo, se embarcó en un sueño fascinante del que aquella mañana, en Cuernavaca y a los noventa años, aún no había despertado. 
Ruzo estudió Derecho en su país, fue discreto poeta en su juventud, y desde 1927 dedicó parte de su fortuna a reunir cuanto material pudo sobre Nostradamus, otro de sus sueños. Como tantos intelectuales de esa época, ingresó en la masonería, perteneciendo desde 1937 al Supremo Consejo de la Masonería de Perú, con el grado 33. Durante los años cincuenta se integró en varios movimientos de corte esotérico y viajó por Europa y Asia, llevado por su interés hacia lo oculto. Sin embargo, el tema que estimularía definitivamente su insano apetito por los misterios del pasado, lo encontró en su propio país. A riesgo de dilatar este artículo más allá de lo razonable, es preciso hacer referencia a otro soñador - y éste lo fue metafórica y realmente -, responsable en buena medida del sueño de Ruzo. Se llamaba Pedro de Astete, y hace más de cincuenta años que se durmió para siempre, quien sabe si por mejor seguir la pista a sus oníricas visiones. Tuvo este hombre un sueño, un sueño de esos "diferentes", que, lejos de disolverse en la vigilia, se recuerdan después con todo lujo de detalles, como si el subconsciente tuviera empeño en que su mensaje no pasara desapercibido. 

EL TESORO SUBTERRÁNEO DE ASTETE

Había en el sueño una ciudad subterránea, un reducto donde permanecía a salvo del tiempo y de los hombres un tesoro constituido por valiosos materiales y aún más valiosos conocimientos. Astete supo en ese sueño que su misión era encontrar la ciudad y el legado, para entregárselo a los hombres de esta época. Y, como una clave de singular importancia, de su aventura nocturna se trajo un nombre: Masma. Buscó en vano la puerta que debía ser abierta con esa llave, hasta que en la Biblia encontró la misma palabra, Masma, como nombre del quinto hijo de Ismael, el padre de la raza árabe. No cejó en su empeño, y así terminó por hallar la misma palabra en Perú, aunque con un significado muy diferente, ya que Masma, en quechua, significa "casa con alar grande" y también "tinaja". Sólo faltaba encontrar esa palabra referida a algún lugar concreto; y, a fuerza de buscar, terminó encontrándola como nombre de una hacienda ruinosa en las inmediaciones de Jauja. Nada había allí que mereciese la pena, pero aquel precursor de Indiana Jones no estaba dispuesto a abandonar el tema, así que, manejando tan escasas piezas, inventó, más que dedujo, un mosaico original sobre el pasado americano en el que huancas y aimaras, dos viejos pueblos peruanos, descendían de los bíblicos cananeos e himiaritas. Por esa época, Ruzo y Astete entraron en contacto, quedando el primero seducido por los argumentos del segundo. Juntos continuaron la búsqueda de la inalcanzable Masma, estimulándose mutuamente, como es común en la "folie a deux", al tiempo que su amistad se hacía más profunda. Y un día de 1924, acodados en un balcón de la casa de Astete, en Lima, teniendo ante ellos el río Rimac y, al otro lado de él, el Cerro San Cristóbal, el destino puso ante los ojos del joven Ruzo el anzuelo en el que hoy, sesenta y siete años después, sigue enganchado. Hablaban de los mensajes encerrados en cuentos y leyendas, concretamente en un relato de Poe, "El escarabajo de oro". Una de sus conclusiones era que en ese tipo de mensajes literarios un árbol no es tal, sino un cerro desprovisto de vegetación; es decir, de aludir simbólicamente a un dato auténtico, la calavera del cuento de Poe estaría sobre un cerro pelado y no sobre un árbol. Todo habría quedado en una elucubración más, si la providencia no hubiera tenido preparado un golpe de efecto para aquella ocasión: en el Cerro San Cristóbal la lluvia había formado varias torrenteras que confluían en una, semejando en su conjunto un árbol.

EXPLORACIÓN EN EL CERRO SAN CRISTÓBAL

"Siguiendo el relato de Poe - escribe Ruzo en uno de sus libros - empezamos a contar las grandes ramas que salían del tronco. Al llegar a la séptima rama y recorrerla con la mirada en toda su extensión, sufrimos una verdadera crisis de asombro, algo que debe producirse cuando nuestra conciencia, condicionada al mundo físico, pasa de golpe al mundo mágico, a otro nivel de conciencia. Vimos la calavera de que habla Poe; muy grande, con las dos cuencas vacías de los ojos. Allí está y todos los limeños que quieran ver esa calavera pueden situarse a la vera del río Rimac y en la prolongación del Girón Camaná, y la verán." Aquello no podía ser simple casualidad, y Ruzo comenzó su exploración del Cerro San Cristóbal en busca de más piezas para su recién iniciado rompecabezas. Encontró cuantas quiso: desde determinados ángulos y a determinadas horas, según la incidencia de la luz solar, podían verse en las rocas cabezas de perro, de león, un cofre, una cruz... Si a ello unimos que el San Cristóbal fue cerro sagrado para los indios, no debe extrañarnos el entusiasmo de Ruzo y su deducción de que alguien, en tiempos muy remotos, había esculpido estatuas en ese y, muy posiblemente, en otros cerros. Como un singular marchante, Daniel Ruzo buscó - y  encontró - más "esculturas" en otras partes, con las que fue cimentando su hipótesis de una supercultura antediluviana dedicada a esculpir montañas para que los hombres del futuro supieran de su existencia y descifraran un - cómo no - apocalíptico mensaje dejado para ellos, es decir, para nosotros. Así pues, cuando en 1952 su amigo Enrique Damert le regaló aquella fotografía de Marcahuasi. no dudó encontrarse ante una muestra más del arte de aquellos escultores protohistóricos. Sin embargo, desde su primera visita a esa meseta, comprendió que se trataba de algo mucho más importante que cuanto hasta entonces había hallado.
— Encontré una maravilla que, tal y como había ocurrido en el Cerro San Cristóbal, no tenía explicación posible; no existía nada parecido en toda la historia de la Humanidad. Esta maravilla consistía en una enorme cantidad de monumentos escultóricos, conservados como ningún otro en el mundoleón, un cofre, una cruz... Si a ello unimos que el San Cristóbal fue cerro sagrado para los indios, no debe extrañarnos el entusiasmo de Ruzo y su deducción de que alguien, en tiempos muy remotos, había esculpido estatuas en ese y, muy posiblemente, en otros cerros. Como un singular marchante, Daniel Ruzo buscó - y encontró - más "esculturas" en otras partes, con las que fue cimentando su hipótesis de una supercultura antediluviana dedicada a esculpir montañas para que los hombres del futuro supieran de su existencia y descifraran un - cómo no - apocalíptico mensaje dejado para ellos, es decir. para nosotros. , gracias a la excelente calidad de la piedra que forma la meseta: un pórfido diorítico blanco.

EN LA MESETA DE MARCAHUASI

Otras dos figuras en el "Monumento a la humanidad"
La meseta de Marcahuasi está situada a unos 80 km de Lima, en la provincia de Huarochirí, exactamen-te a los 11046' 40.9" de latitud Sur y 76°36' 26.3" de longitud Oeste. Se levanta junto al pequeño pueblo de San Pedro de Casta, donde el viaje-ro ha de proveerse de caballerías y agua si quiere ascender a la mese-ta; ésta se halla a 3.935 m de altura y su punto más elevado llega a los 4.200 metros. Ya arriba, la superficie es de unos 4 km2 aproximadamente, en los que abundan roque-dales de variadas formas que, en opinión de Ruzo, no son naturales, sino esculpidos. En el aspecto arqueológico, la meseta no tiene gran interés: hay restos de viviendas, probablemente de las culturas locales Yunga y Yauyo (entre el 800 y el 1476 d. C.), una fortificación, almacenes y varias chulpas o recintos funerarios. Ninguna de esas construcciones guarda relación con las supuestas esculturas, ya que - siempre en opinión de Ruzo - el origen de éstas es mucho más antiguo.
— Antes del Diluvio, por supuesto. Es obra de una Humanidad anterior a la nuestra, ya que las bases mentales y psicológicas de ese gran trabajo no están de acuerdo con las directrices de nuestra Humanidad.
Monumentos esculpidos en dura pie-dra por gentes que, psicológica y técnicamente, nada tenían que ver con nosotros. Está bien; pero ¿para qué?
— Para señalar esa montaña sagrada, como tantas otras del planeta, con la finalidad de que los seres humanos no desaparezcan. Marcahuasi, como otros lugares, desempeñó la función de refugio. El Arca de Noé no era en realidad una embarcación, sino una caverna tallada en la roca que permitió albergar grupos de personas y animales. Hubo varias de esas "arcas" en la Tierra, y Marcahuasi es una de ellas.
Sin embargo, el trabajo de Daniel Ruzo hace constante referencia a figuras labradas, pero no a cuevas.
— Tiene que haberlas - afirmó con rotundidad -; tiene que haber cavernas subterráneas magníficamente trabajadas, con entradas y salidas perfectamente estudiadas, talladas en la roca.
Es posible, pero, de haberlas, el que más probabilidades ha tenido de encontrarlas es el propio Ruzo, que en estos últimos cincuenta años ha recorrido cada centímetro cuadrado de la meseta; incluso ha vivido a temporadas allí, en una rústica cabaña.
— No; no he encontrado las cavernas, pero estoy seguro de que existen, he hallado señales indicativas de ellas... Pero, si las hubiera encontrado, tampoco diría nada a nadie, para evitar que cayeran en manos de algún gobierno o de un grupo religioso, quienes, sin duda, las explotarían a su conveniencia.
"Inka man", "El profeta" y "El alquimista"

ACELERADADORES DE LA EVOLUCIÓN HUMANA

La mucama nos trajo café. Mientras lo tomaba pensé que, de haberlas encontrado, Ruzo no habría dudado ni un instante en divulgar la noticia. Marcahuasi es el tema de su vida, pero historiadores y arqueólogos opinan que sus aseveraciones carecen de fundamento; el hallazgo de esas cavernas apoyaría decididamente su hipótesis y le proporcionaría el prestigio del que en los círculos académicos carece. Pese a todo, es posible que tales subterráneos existan. Si es así, merecería la pena pasar un tiempo en ellas, porque, además de refugio, sirvieron, según Ruzo, como "aceleradores" de la evolución humana
— En Marcahuasi, como en todas las montañas sagradas, existe una energía, una fuerza telúrica importantísima; por eso fueron escogidas. Con toda seguridad, en algún punto dado de esas montañas se pueden producir curas milagrosas. En las cavernas se darían las circunstancias precisas para la producción de seres excepcionales - podríamos llamarlos "héroes" -, que se transforman a sí mismos.
La conversación giró después en torno a esa inminente catástrofe que, según la interpretación que él hace de Nostradamus ("El testamento auténtico de Nostradamus"), está ahí, a la vuelta de la esquina.

- Entre los años 2127 y 2137 de nuestra era. En ese plazo de diez años, en un momento dado del paso del Sol desde el sector zodiacal de Piscis al sector zodiacal de Acuario, sé producirá una catástrofe por el aire, que terminará con nuestra Humanidad. Entonces, esas montañas sagradas albergarán grupos humanos, que sobrevivirán para que las humanidades no desaparezcan. 
Nada más dijo Ruzo que merezca transcribirse; ni siquiera aportó datos que no figuren en sus libros; pero, aun así, aquel anciano amable dijo demasiado, si se tiene en cuenta que todas sus rotundas afirmaciones se basan en unas esculturas que, probablemente, no lo son siquiera. 'Es ése el nudo gordiano de su razonamiento: ¿tales formaciones son o no son artificiales? Por mi parte, he de confesar que el tema me pareció fascinante desde que vi las fotografías publicadas en la primera edición de su libro, en 1974. Pasados los años, me llamó la atención que en nuevas ediciones, así como en artículos y folletos, fuesen siempre las mismas fotografías o, al menos. los mismos encuadres.
La razón me la dio Ruzo al enseñarme esa mañana parte de su trabajo: millares de fotografías obtenidas en la meseta de Marcahuasi. ¡No hay tales esculturas! Sólo desde determinados puntos, aquellas formaciones rocosas se semejan a rostros humanos o a animales; basta desplazarse un par de metros para comprobar que esa aparente nariz o ese aparente mentón no se continúan, no están siquiera insinuados en el resto de la roca. Lo que de perfil parece algo, de frente no parece absolutamente nada. Una escultura, por deformada que esté, es un objeto tridimensional; las de Marcahuasi no lo son, se trata de informes rocas que, sólo desde un lugar concreto y diferente para cada caso, parecen figuras identificables. Por esa razón son tan heterogéneas las presuntas esculturas, encontrando el perfil de un león al lado del rostro de un venerable anciano o de una tortuga. Contemplando aquellas fotografías no pude evitar acordarme de mis primeros años como psiquiatra, cuando algunos pacientes me sorprendían al encontrar en las láminas del test de Rorschach (diez láminas con manchas de tinta, en las que el sujeto trata de identificar algo más que simples formas casuales) toda una variada fauna de animales, insectos, duendes...; girando la cartulina en su afán de hallar más y más semejanzas. ¡Durante décadas, Ruzo se había estado sometiendo, sin saberlo, a un test proyectivo! Después de aquella entrevista no fui a Marcahuasi, y creo que nunca iré, porque no hay allí nada que no pueda encontrar en cualquier sierra cercana a mi ciudad. Además, los psi-quiatras tenemos cierto rechazo a someternos a ese tipo de test, por si acaso... Sólo quedaba una cosa que hacer, así que me fui a "Las Mañanitas" a ahogar mi decepción en un zumo de papaya. Suerte que en esa ocasión no fue María Félix: ver dos mitos arrumbados en un mismo día habría sido demasiado.
Daniel Ruzo y Jiménez del Oso



4 comentarios:

  1. Muy interesante la nota, creo personalmente que el señor Daniel Ruzzo, es un gran investigador y al igual que otros, como Moricz y el astronauta Neil Astrong , no dijeron todo lo que descubrieron.

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  2. Es increíble leer a Del Oso ... dice que Ruzo publicaba siempre las mismas fotos ... él mismo editó varias colecciones de libros en España a través de los años y yo mismo he encontrado textos idénticos en libros distintos ... por ejemplo, en la colección por fascículos de la enciclopedia Lo Desconocido (que se estaría publicando por la época de este artículo de Espacio y tiempo por la editorial Quórum) había textos sacados íntegros de una biblioteca de temas ocultos de la Editorial Uve aparecida casi diez años antes ... ambas colecciones las dirigió Del Oso ... hay gente que cree que el universo está hecho para ellos o para funciones de consumo, como Del Oso refleja al decir que "sería bueno pasar un tiempo en esas cuevas" ... claro, la parte de que ese es un destino sólo de los elegidos no cuenta para mentes fugaces como la de Del Oso ... de todos los libros y teorías que los platillescos han producido después de El retorno de los brujos casi ninguno se salva ... las obras de Daniel Ruzo siguen estremeciendo los corazones de los que pueden ver ya que las ha acompañado siempre de pruebas fotográficas impactantes ... la prueba está en que los libros de Del Oso desaparecieron y los de Ruzo todavía hoy se reeditan ...

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  3. "decir que "sería bueno pasar un tiempo en esas cuevas" ... claro, la parte de que ese es un destino sólo de los elegidos no cuenta para mentes fugaces como la de Del Oso ... "
    Interesante comentario. Para debatir.

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  4. Coincido con los ultimos comentarios.En 1988 visite y entreviste a Del Oso,y me sorprendio su posicion prejuiciosa y desdeniosa de Ruzo y sus teorias exploratorias.Daniel trascendio en sus libros y atraves de los que continuamos sus bsuquedas ,jimenes atraves de sus programas televisivos hasta cierto tiempo,y la influencia en su hijo. Daniel Ruzo tomo miles de fotos,y publico muchas diferentes,claro que a veces seleccioanndo las mas significativas.La experiencia de ver y sentir las esculturas "masmas' sean en Marcahuasi,Tepoztlan oFountainbleau,no pueden registrarse con los endebles sistemas filmico digitales de ayer y de hoy---se los dice alguien como yo que en los ultimos 35 anyos he usado todos los medios al alcance para lograr las mejores imagenes ...,es algo para estar ahi,ya que las rocas tambien viven....(Alex Chionetti)

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